Lila. Marilynne Robinson


Historia de Lila, la esposa de John Ames, el inolvidable pastor protestante protagonista de Gilead, novela, por cierto, muy superior, que recomiendo vivamente. Aquí Robinson describe con morosidad el interior de este personaje, Lila, una mujer sin infancia, pobre y analfabeta, y cuya personalidad extraña no da para sostener una larga narración. Algo similar me ocurrió en En casa con el atormentado hijo de otro pastor, Boughton, el mejor amigo de Ames. 

La novela resulta lenta y oscura. Quizá lo peor es que la relación entre esta "homeless", una especie de buen salvaje con ciertas malas pulgas, y el circunspecto y sabio John Ames resulta inverosímil. Hay pasajes interesantes y se disfruta como en el resto de su producción del tono íntimo y reflexivo de la prosa de Robinson, al servicio, sin embargo, de una historia un tanto hueca.

Nota: 6.

El viejo trueno: biografía de Hilaire Belloc. Joseph Pearce


Suelo leer lo que cae en mis manos de Joseph Pearce, escritor siempre interesante, a veces un tanto ventajista en sus planteamientos morales y con cierta tendencia a la superficialidad (quizá yo la confunda con mera sencillez). Esta biografía se lee muy bien. El contexto histórico me resulta interesante (el primer tercio del siglo XX en Inglaterra), pero el personaje, no tanto. Un católico vitalista y valiente, muy amigo de sus amigos, el primero de ellos, Chesterton. Como Chesterton, cabe considerarle un listillo idealista, noble, pero poco práctico, con tendencia a ser dogmático y tajante en cuestiones opinables. 

Me llama la atención lo mucho que trabajaba y bebía. También el profundo enamoramiento de su mujer (de nuevo, un paralelismo con Chesterton). Precioso el detalle de que se santiguara cada vez que, tras su muerte, pasaba por su habitación vacía. Por cierto, también extraordinaria la muy conocida anécdota del Rosario en un mitin. En resumen: si les parece mal que rece el Rosario, dijo a sus potenciales votantes, “ahórrenme la indignidad de representarles”.

No he leído a Belloc. De los textos que cita Pearce, nada me ha cautivado especialmente, por su tono en general exaltado y sentimental (tal vez merezca la pena leer “El camino a Roma”). Mi impresión general del personaje: fue un polemista agudo y enérgico, más brillante que profundo, con un carisma excepcional, al que las presiones del día a día y la agitación periodística quizá impidió escribir una obra maestra. Consagró sus mayores esfuerzos a una reinterpretación católica de la Historia de Inglaterra, reto tan loable como fuera del alcance de una sola persona.


Nota: 7.

Enterrado en vida. Arnold Bennet


No había leído nada de este autor, carencia poco disculpable en un anglófilo. Bennet fue un autor muy leído y apreciado en el primer cuarto del siglo XX.

En el prólogo se dice que esta obra fue escrita en dos meses (enero-febrero de 1908), buena prueba de la facilidad de este escritor de best sellers de la época. El estilo es sencillo y claro y el tono ligero, aunque de vez en cuando se encuentra alguna reflexión aguda, más bien sociológica (el título original, Buried alive, lleva el subtítulo de A tale of these days), y también una cierta crítica del arte contemporáneo.

El protagonista es Priam Farll, pintor de gran fama, quien, por circunstancias casuales, decide fingir su muerte para llevar una vida anónima (enterrado en vida). La narración tiene cierto aire de novela dickensiana por entregas. La trama se desarrolla ágilmente (pasan muchas cosas) y se sigue con interés. Los personajes están bien construidos.

Un entretenimiento de calidad, que apreciarán más quienes tengan interés por la Inglaterra eduardiana, esa especie de posdata del periodo victoriano.

Nota: 7.

Un hombre astuto. Robertson Davies

Digamos desde el principio que ha sido mi experiencia de lectura menos satisfactoria del gran Robertson Davies (habrá que dedicar una entrada a su obra). Desmesurada en su extensión, deslavazada en el argumento y con unos personajes un tanto inverosímiles. Suelen serlo en las novelas de Davies: caracteres originales, extraños, pero atractivos, que aquí, a diferencia de sus novelas más logradas, degeneran en caricaturas más bien estrambóticas. Raritos, muy raritos.

El hombre astuto (¿trasunto del propio Davies, a las puertas de la muerte cuando escribió esta novela?) es un médico reputado de la ciudad de Toronto, que aprovecha un incidente noticioso del que es testigo -la muerte en plena liturgia de un sacerdote anglicano- para contarnos su vida. En esa narración están presentes los elementos habituales del universo “davisiano”: la sociedad canadiense y su mezcla de ingredientes del viejo y nuevo mundo; las confesiones religiosas, que en la visión de Davies son tan necesarias como artificiales; y los vicios y virtudes de la alta burguesía, en este caso vinculada a una iglesia anglicana “high church” de Toronto, retratada con una mirada cínica y descarnada. 

En fin, una novela fallida, última de la producción de Davies, pero que a sus fans nos deja algunas perlas de su prosa inteligente. Como éstas:

“El cementerio nunca había sido desconsagrado. (¿Cómo puede desconsagrarse algo? Me suena como sacar el aceite de una ensalada)

Eddu era un producto de la civilización que ha hecho posible que el hombre dedique toda su atención al sexo, haciendo del sexo su afición y pasatiempo primarios y, en definitiva, su propósito en la vida”

“La indignación, para que se justifique, nunca debe ser personal” 

“En una unión auténtica, el sexo deviene otro tipo de charla gozosa, una canción sin palabras, un encuentro que no necesita explicaciones ni consideraciones”

“La homosexualidad se había convertido, no en el amor que no se atreve a decir su nombre, sino en el amor que nunca sabe callarse”.

Nota: 6.

El jilguero. Donna Tartt


Hacía tiempo que no tenía una sensación de lectura como ésta. Quería avanzar con ansía para saber qué pasaba en las siguientes páginas. Supongo que eso es lo mejor que se puede decir de un thriller. Y eso es esta novela: un thriller, muy bueno, ni más ni menos (he leído consideraciones más elevadas sobre esta obra, que me parecen desmesuradas).

Es una historia de cierta complejidad, en torno a un muchacho a quien vemos convertirse en hombre y ejercer de tal en la parte final de la narración. El protagonista pierde a su madre en un atentado terrorista del que él también es víctima. En ese atentado roba un cuadro, “El jilguero”, obra real, de Carel Fabritius, discípulo de Rembrandt. Como huérfano de madre y con un padre sinvergüenza, le ocurren diversas peripecias mientras la acción avanza hacia un final en que el asunto del cuadro se aclara definitivamente.

Muy entretenida. Trama brillante. Ágil y bien escrita, aunque a veces peca de barroquismo. Fondo un tanto nihilista, si bien algunos personajes ofrecen un contrapunto de bondad y el propio protagonista no acepta pacíficamente que la vida sea pasar el tiempo y divertirse. A veces, las reflexiones resultan pretenciosas, en particular, al final de la novela, que en todo caso es excelente en su género.


Nota: 8,5.

Legionario en España. Peter Kemp


Memorias de guerra de un chico bien británico que se alista en el bando nacional en 1936 (por cierto, no era católico, sino anglicano, si bien no practicante, valga la tautología). Su estilo tiene las características que se esperan de un graduado de Cambridge: ágil, perspicaz, divertido, culto.

El mayor valor del libro es su penetrante conocimiento del carácter hispano. Alaba nuestra alegría, valor y capacidad de resistencia. Le desconciertan nuestra indisciplina, capacidad de odio e improvisación. El muchacho acaba de Alférez de la Legión, cosa ciertamente peculiar, pues parece inverosímil la mezcla de un hijo del Trinity College con el rudo espíritu legionario. Pero Mr Kemp lo llevó estupendamente y se hizo con naturalidad “novio de la muerte” (novio fogoso: llegó a ser varias veces herido de gravedad).

Estas memorias son un interesante repaso de la guerra civil desde una óptica original. Quien se sienta atraído a su lectura por estas líneas, le conviene no demorarla: en estos tiempos, el libro corre el riesgo de ser prohibido.

Nota: 8.

Me llamo Lucy Barton. Elisabeth Strout


No me ha merecido la pena esta lectura. Es la autobiografía a retazos de una señora que procede de un hogar miserable, en todos los sentidos de la palabra. El relato se produce mientras ella tiene una convalecencia en un hospital neoyorquino y su madre viene a verla, lo que hace de excusa para la narración de su vida, a partir de algunas anécdotas.

Tiene ese estilo que parece aspirar a una sencillez profunda, y que a mí me resulta más bien de un simplismo plano, muy en la línea de Roth (descanse en paz) y otros autores americanos de la segunda mitad del XX. Me resulta imposible darle tanta importancia a diálogos sosos, que, por lo visto, deben de llevar una carga de gran sabiduría moral. No me ha sido dado descubrirla y, por tanto, apreciarla.


Nota: 5.