Un paraíso inalcanzable. John Mortimer

Una lectura muy agradable de un autor no demasiado conocido hasta que Libros del Asteroide tradujo algunos de sus libros (fue el responsable de la adaptación de Retorno a Brideshead para la esplendorosa serie de Granada TV protagonizada por Jeremy Irons, lo que de por sí vale un lugar en la historia). Seguramente no guste tanto -o nada- a espíritus menos anglófilos. Es un retrato irónico y perspicaz de la evolución de la sociedad británica desde los 50 a los 80. No pasan demasiadas cosas. Los personajes son entrañables, sobre todo el párroco, anglicano y marxista, con su capacidad ardorosa de interesarse por causas lejanas al tiempo que no se entera de lo necesitan sus miembros de la familia. La trama resulta más bien simple y el tono, humorístico y sencillo. Todo ocurre en un pueblo inglés prototípico (con su sociedad de jóvenes conservadores, por ejemplo) y el antihéroe, el hijo del pastor, es un médico torpe en sus relaciones sentimentales, pero con un buen fondo moral. 

Se critica especialmente el afán de poder y la ambición económica de esa sociedad a través de un par de personajes. Buen retrato de una decadencia moral que el autor no simplifica ni critica con dureza.

Nota: 7,5.

El mundo, la carne y el padre Smith. Bruce Marshall


Editada por Encuentro, esta estupenda novela publicada en 1945 describe la vida de un sacerdote católico en la primera mitad del siglo XX en Escocia. Su autor, Bruce Marshall, era asimismo escocés, un converso -otro ilustre más en la nómina de británicos acogidos en la fe romana durante el siglo pasado- que adquirió cierto prestigio como escritor, aunque resulta, creo, bastante desconocido en nuestro ámbito.

Se describe la vida de cura del padre Smith en el contexto no precisamente favorable de la presbiteriana Escocia. No era fácil entonces ser pastor de almas  “de segunda”, papistas que además ocupaban por lo general los lugares bajos de la escala social, hombres y mujeres de fe, sin duda, pero también mezquinos. Con realismo bienhumorado se describe la acción sacerdotal de este cura realmente santo: piadoso, sencillo a la vez que perspicaz, simpático, paciente, comprensivo y generoso con todos… Un pastor que huele a oveja, por usar terminología eclesial en boga.

Esta descripción de Smith nos puede dar una idea de hagiografía ñoña. No lo es. Marshall nos muestra también sus momentos de perplejidad y lucha, además de que el tono es siempre un tanto irónico, registro que no suelen manejar los apologetas, y los personajes están muy bien construidos (se aprecia que debía conocer muy bien la sociología eclesial de esa época).

Desde una perspectiva digamos “teológica”, la obra es también muy interesante, por algunas de las reflexiones que Marshall nos ofrece a través del padre Smith. Por ejemplo: “Bueno, pues si tenemos jaleo nos servirá para que nuestra religión no se enmohezca -respondió el padre Smith-. Esa es la gran ventaja de las persecuciones: que mantienen a uno en constante actividad y vigilancia. El mayor enemigo de la Iglesia de Dios no es el odio, sino la rutina”. Y como superviviente del feísmo litúrgico de los setenta- ochenta (no del todo vencido), cómo no asentir ante esta otra afirmación: “cada vez que contemplo la fealdad y aridez de nuestras ciudades industriales, doy gracias al Altísimo desde lo más hondo de mi corazón por haber dado a su Iglesia tantos y tan exquisitos ritos y ceremonias. Porque no es pan y circo lo que el pueblo necesita, sino poesía y oración”.

De ambas, poesía y oración, hay mucho en esta novela de lectura provechosa y agradable.

Nota: 9.

Cómo llegamos a la final de Wembley. J.L Carr


El título de esta novela es How Steeple Sinderly Wanderers won the FA Cup y se publicó en 1975. Se trata de un rarísimo caso en que el título en castellano supera al original, sobre todo porque mantiene el suspense de quién ganará esa final (suspense que con este comentario estropeo: perdón). Ejemplo de la buena labor de edición de Tusquets -magnífica también la portada- que hace honor a esta novela entrañable, divertida, excelente, que destila un humanismo de sabor clásico. En cierto modo, rinde homenaje a virtudes hoy casi contraculturales: discreción, sobriedad, modestia… Y que destacan sobremanera por comparación con los valores hoy representados por las estrellas del fútbol contemporáneo, a quienes haría gran bien esta lectura, si tal hecho fuera posible.

El Steeple Sinderly Wanderers es un equipo de regional cuyos dirigentes se proponen participar y llegar lo más lejos posible en la FA Cup, la “Copa del Rey” inglesa (los británicos, monárquicos de veras y no de pose, evitan mezclar a sus Altezas Reales en el tumulto tabernario que es al fin y al cabo una final de fútbol). Presidente, directiva, entrenador y jugadores forman un grupo singular, que aborda cada partido con una mezcla genial de meticulosidad y sencillez que les lleva de victoria en victoria hasta el éxito final. Un triunfo para los anales que, sin embargo, el equipo asume con la misma naturalidad con la que empezaron la competición.

El libro resulta también un elogio de la Inglaterra rural, la Inglaterra-Inglaterra, Merry England idílica, que no volverá y tal vez nunca fue, pero que se ve a sí misma como la Jerusalén celeste en la tierra, en un ejercicio de jingoísmo suavizado por su consustancial ironía (“Resulta triste tener que admitir que el doctor Kossuth no era inglés de nacimiento”, dice el narrador de su entrenador, húngaro de origen). El anglófilo encontrará un festín en estas páginas.

Soy y seré del Atleti, pero mi segundo equipo es ya el Steeple Sinderly Wanderers, cuya peripecia de ficción merecería ser verdad.

Nota: 9.

Lila. Marilynne Robinson


Historia de Lila, la esposa de John Ames, el inolvidable pastor protestante protagonista de Gilead, novela, por cierto, muy superior, que recomiendo vivamente. Aquí Robinson describe con morosidad el interior de este personaje, Lila, una mujer sin infancia, pobre y analfabeta, y cuya personalidad extraña no da para sostener una larga narración. Algo similar me ocurrió en En casa con el atormentado hijo de otro pastor, Boughton, el mejor amigo de Ames. 

La novela resulta lenta y oscura. Quizá lo peor es que la relación entre esta "homeless", una especie de buen salvaje con ciertas malas pulgas, y el circunspecto y sabio John Ames resulta inverosímil. Hay pasajes interesantes y se disfruta como en el resto de su producción del tono íntimo y reflexivo de la prosa de Robinson, al servicio, sin embargo, de una historia un tanto hueca.

Nota: 6.

El viejo trueno: biografía de Hilaire Belloc. Joseph Pearce


Suelo leer lo que cae en mis manos de Joseph Pearce, escritor siempre interesante, a veces un tanto ventajista en sus planteamientos morales y con cierta tendencia a la superficialidad (quizá yo la confunda con mera sencillez). Esta biografía se lee muy bien. El contexto histórico me resulta interesante (el primer tercio del siglo XX en Inglaterra), pero el personaje, no tanto. Un católico vitalista y valiente, muy amigo de sus amigos, el primero de ellos, Chesterton. Como Chesterton, cabe considerarle un listillo idealista, noble, pero poco práctico, con tendencia a ser dogmático y tajante en cuestiones opinables. 

Me llama la atención lo mucho que trabajaba y bebía. También el profundo enamoramiento de su mujer (de nuevo, un paralelismo con Chesterton). Precioso el detalle de que se santiguara cada vez que, tras su muerte, pasaba por su habitación vacía. Por cierto, también extraordinaria la muy conocida anécdota del Rosario en un mitin. En resumen: si les parece mal que rece el Rosario, dijo a sus potenciales votantes, “ahórrenme la indignidad de representarles”.

No he leído a Belloc. De los textos que cita Pearce, nada me ha cautivado especialmente, por su tono en general exaltado y sentimental (tal vez merezca la pena leer “El camino a Roma”). Mi impresión general del personaje: fue un polemista agudo y enérgico, más brillante que profundo, con un carisma excepcional, al que las presiones del día a día y la agitación periodística quizá impidió escribir una obra maestra. Consagró sus mayores esfuerzos a una reinterpretación católica de la Historia de Inglaterra, reto tan loable como fuera del alcance de una sola persona.


Nota: 7.

Enterrado en vida. Arnold Bennet


No había leído nada de este autor, carencia poco disculpable en un anglófilo. Bennet fue un autor muy leído y apreciado en el primer cuarto del siglo XX.

En el prólogo se dice que esta obra fue escrita en dos meses (enero-febrero de 1908), buena prueba de la facilidad de este escritor de best sellers de la época. El estilo es sencillo y claro y el tono ligero, aunque de vez en cuando se encuentra alguna reflexión aguda, más bien sociológica (el título original, Buried alive, lleva el subtítulo de A tale of these days), y también una cierta crítica del arte contemporáneo.

El protagonista es Priam Farll, pintor de gran fama, quien, por circunstancias casuales, decide fingir su muerte para llevar una vida anónima (enterrado en vida). La narración tiene cierto aire de novela dickensiana por entregas. La trama se desarrolla ágilmente (pasan muchas cosas) y se sigue con interés. Los personajes están bien construidos.

Un entretenimiento de calidad, que apreciarán más quienes tengan interés por la Inglaterra eduardiana, esa especie de posdata del periodo victoriano.

Nota: 7.

Un hombre astuto. Robertson Davies

Digamos desde el principio que ha sido mi experiencia de lectura menos satisfactoria del gran Robertson Davies (habrá que dedicar una entrada a su obra). Desmesurada en su extensión, deslavazada en el argumento y con unos personajes un tanto inverosímiles. Suelen serlo en las novelas de Davies: caracteres originales, extraños, pero atractivos, que aquí, a diferencia de sus novelas más logradas, degeneran en caricaturas más bien estrambóticas. Raritos, muy raritos.

El hombre astuto (¿trasunto del propio Davies, a las puertas de la muerte cuando escribió esta novela?) es un médico reputado de la ciudad de Toronto, que aprovecha un incidente noticioso del que es testigo -la muerte en plena liturgia de un sacerdote anglicano- para contarnos su vida. En esa narración están presentes los elementos habituales del universo “davisiano”: la sociedad canadiense y su mezcla de ingredientes del viejo y nuevo mundo; las confesiones religiosas, que en la visión de Davies son tan necesarias como artificiales; y los vicios y virtudes de la alta burguesía, en este caso vinculada a una iglesia anglicana “high church” de Toronto, retratada con una mirada cínica y descarnada. 

En fin, una novela fallida, última de la producción de Davies, pero que a sus fans nos deja algunas perlas de su prosa inteligente. Como éstas:

“El cementerio nunca había sido desconsagrado. (¿Cómo puede desconsagrarse algo? Me suena como sacar el aceite de una ensalada)

Eddu era un producto de la civilización que ha hecho posible que el hombre dedique toda su atención al sexo, haciendo del sexo su afición y pasatiempo primarios y, en definitiva, su propósito en la vida”

“La indignación, para que se justifique, nunca debe ser personal” 

“En una unión auténtica, el sexo deviene otro tipo de charla gozosa, una canción sin palabras, un encuentro que no necesita explicaciones ni consideraciones”

“La homosexualidad se había convertido, no en el amor que no se atreve a decir su nombre, sino en el amor que nunca sabe callarse”.

Nota: 6.