La dama de blanco. Wilkie Collins

He aquí uno de esos novelones que nos miran desde una repisa durante décadas como una continua tentación. Desanima su volumen (setecientas páginas de letra apretada) y atrae su prestigio, un tanto matizado por haberla visto más de la cuenta en esas mini librerías cutres que a veces tienen los hoteles en el hall de la televisión. Lo primero permanece estable y no tiene remedio, pero tenía la impresión de que lo segundo crece: al menos en mi radar he venido percibiendo más opiniones positivas sobre el valor de esta obra. Así que cedí.

Ha merecido la pena. Su categoría de clásico me ahorra el resumen del argumento, tan complicado en su planteamiento como previsible en su resolución. Y ahí está uno de sus méritos literarios. La narración responde a lo que cabe esperar de una novela victoriana de intriga, sin que falte el imposible-pero algo habrá que hacer amor entre miembros de clases diferentes. Aun así, logra mantener el interés por una trama larga y compleja, como corresponde a su edición por entregas.

Es también notable la construcción de los personajes, perfilados con sutileza de matices y a la vez con sencillez, para responder quizá a los arquetipos del momento, lo que no resta -a mi juicio- validez actual. El héroe, Walter Hartright, lo es con todas las letras: valiente, generoso, sacrificado, puro en sus intenciones. Y los “malos” son verdaderamente pérfidos, también reconocibles como estereotipos de la maldad humana y sus diversos motivos.

La historia se escribe en un estilo elegante, atento al detalle, sobre todo en la descripción psicológica, que se sabe adaptar a las diferentes voces narrativas, pues el libro es un conjunto de testimonios. Hay a veces un exceso de retórica propio de la época, tal vez también debido a la necesidad de extender la narración al máximo (la edición por entregas fue un éxito de ventas). Pero el tono general es asequible para el lector contemporáneo, con concesiones a la ironía como ésta: “Siempre he pretendido ser humana e indulgente con los extranjeros. Ellos no tienen nuestras virtudes y nuestras ventajas, pues casi todos se han educado en los errores ciegos del papismo”.

Nota: 9.

Álvaro d’Ors. Sinfonía de una vida. Gabriel Pérez Gómez

He disfrutado un montón y aprendido mucho con esta biografía del profesor Álvaro d’Ors escrita por el periodista Gabriel Pérez. Uso estos términos subjetivos como advertencia. Siempre debe mantenerse el temor a uno mismo, aconsejaba Santa Teresa a sus monjas, y temo que mi admiración por el personaje y el amor compartido por la universidad, la institución a la que d’Ors dedicó su vida, hagan exagerado el juicio sobre esta biografía, que me ha parecido sobresaliente. 

Álvaro d’Ors (Barcelona, 1915-Pamplona, 2004), hijo de  Eugenio d'Ors, fue uno de los mejores romanistas del siglo XX. No se tratará aquí de seguir el orden cronológico de una trayectoria vital tan larga (la entrada en la Wikipedia es muy completa), sino de destacar algunos de sus “hilos conductores”, los que me han resultado más interesantes. Primero, la fuerza de su vocación intelectual. Tuvo una educación rica y profunda -nada convencional, por otra parte-, en un hogar culto y cosmopolita, lo que unido a una excepcional inteligencia le llevó de forma natural al mundo de las ideas. Y en ese mundo destacó por la perseverancia y seriedad en el estudio, por su amplitud de miras en la investigación -qué afán por relacionarse y aprender con los mejores de su especialidad en medio de tantas dificultades materiales-, y, sobre todo, por la hondura de su magisterio, que dejaba huella intelectual y ética en sus alumnos. Don Álvaro, como le llamaban sus discípulos, fue sin duda un maestro.

Otro de esos hilos conductores: el cultivo cotidiano de las virtudes. El lector de estas páginas encontrará abundantes ejemplos de cómo vivir concretamente la amistad, el orden, la honradez, la sobriedad, la cortesía… También las virtudes teologales: de fe, esperanza y caridad hay sobradas muestras. Y sin que el relato haga de don Álvaro un personaje inalcanzable. Mérito del escritor, que se ajusta con su estilo a la sencilla personalidad del biografiado (la hagiografía nos repele no por su ausencia de crítica -apenas la hay, por cierto, en estas páginas- sino por la presentación exagerada de los méritos).  D’Ors fue un joven prodigio. Fue oficial en el bando vencedor de una guerra, triunfó profesionalmente pronto y se convirtió en una eminencia mundial. Y, sin embargo, conmueve su sencillez, fruto, según lo veo, del conocimiento de sí mismo, a su vez resultado de una permanente actitud de examen de conciencia y de una lucha constante por ganar en las virtudes. Así podría servir más y mejor. 

Por último, destacaría su faceta como pater familias. Lejos de refugiarse en su pedestal de gran sabio, aunque se reconociera torpe en algunos ámbitos de la vida práctica, don Álvaro sabía pasar con naturalidad de su estudio riguroso de arduas cuestiones a los asuntos prosaicos de un hogar de familia numerosa. Y atenderlos con sentido común y sentido sobrenatural. Era muy consciente de sus responsabilidades como esposo y como padre y las ejercía con verdadero amor, en el sentido de que el cariño auténtico sabe exigir. 

Dejo fuera de esta recensión muchos aspectos de esta biografía de Álvaro d’Ors Perez-Peix, por ejemplo, su serena y culta españolidad y de qué modo estas páginas son también un retrato de la España del siglo XX. Vayan en compensación algunas citas:

Sobre su conocimiento de sí y su sentido del humor (de una nota del propio D’Ors en 1959)

“Soy incapaz de conducir vehículos, levantar grandes pesos, hacer grandes discursos, ser propietario, aguantar el sueño, bailar, persuadir, ser diplomático, tocar un instrumento, jugar al rugby”.

Sobre el miedo (de una nota personal)

“También yo tengo experiencia personal de los efectos del miedo. Era natural que en el frente de combate, empezáramos por tener miedo. El ´valor´ debía consistir, no en no tener miedo, que era difícil, al menos al principio, sino en superarlo (…) Como me decía un requeté burgalés que luego murió en el frente (…): desengáñate, los que tenemos imaginación no podemos dejar de tener miedo”.

Sobre el juicio a los demás

“… Álvaro reparó en el cadáver de un soldado republicano, de cuyo macuto sobresalía un libro negro. (…) Se agachó para tomar aquel volumen y, al ver de qué se trataba, recibió una sacudida interior de primera magnitud: era el Novísimo ejercicio cotidiano, ¡un devocionario! (…) aquel soldado que se encontraba muerto junto a su morral, también debía rezar. (…). En la primera página del devocionario hay una anotación suya en la que se puede leer: + Encontrado en una posición cogida al enemigo en el frente del Ebro, cerca de Gandesa, el mes de agosto de 1938. Lo conservo, no como botín, sino como cuasi-reliquia. ¡Qué emoción! Aquel `rojo´ al que habíamos matado en guerra justa, quizá fuera un cristiano más piadoso que yo, pese al `detente´ que colgaba de mi camisa sudorosa de católico requeté”.

Examen de conciencia

“Cuando don Álvaro se decidía a jugar con sus hijos, rápidamente se corría la voz de hay timba; pero la sesión de juego con él duraba mucho menos tiempo del que le hubiera gustado a todos, porque se levantaba bastante antes que los demás, iba al despacho, donde se recogía unos minutos para hacer su examen de conciencia diario y se retiraba después en silencio. Así hizo un día y otro, hasta el fin de su vida”.

Auctoritas

“Otra situación comprometida ocurrió cuando otro grupo de estudiantes más numeroso, ante la imposibilidad de celebrar una asamblea a la entrada del Edificio Central, decidió trasladarse al vestíbulo del Edificio de Bibliotecas. Los que habían ideado el plan esperaban que la policía acudiera hasta allí para desalojarlos. Confiaban en que la intervención de las fuerzas del orden, con cierta mala imagen pública, creara más revuelo y así se aireara su protesta en los medios de comunicación. Allí se instalaron alrededor de 300 estudiantes. A los pocos minutos de estar con esta actitud, apareció Álvaro D’Ors: se apagaron las conversaciones y el hall fue pasando del murmullo al silencio, lo mismo que ocurre cuando va a comenzar una clase. Don Álvaro, con calma, batió un par de palmadas para reclamar una atención que ya tenía ganada y con su voz característica, se dirigió a los congregados para decirles que él, como bibliotecario general, era el encargado de velar porque ese edificio cumpliera con los fines que tenía asignados (…). Sin alterar el tono de voz terminó diciéndoles que con aquella actitud se estaba entorpeciendo el normal desarrollo de la actividad de la Biblioteca, que requería silencio, por lo que les rogaba que salieran de allí y que lo que tuvieran que hacer o decir, lo hicieran o dijeran en el lugar adecuado. Y no hizo falta nada más. Poco a poco los estudiantes congregados se fueron dispersando ante su atenta mirada y su postura firme, que mantuvo hasta que la entrada de la biblioteca quedó claramente despejada”.

Conocer el paño

Álvaro d’Ors siempre tuvo a gala no haber hecho nunca un contrato con la Universidad de Navarra. “Me fío más de vuestra palabra -les decía a las autoridades académicas- que de vuestros contratos”. 

De su última clase

“Si yo tuviese oro, yo les daría el anillo de oro, con esta inscripción grabada: Vales si amas, amas si sirves, sirves si vales (lo pintó en la pizarra)”.

Previsiones para la vejez

1. (Naturalmente) Tener una persona de referencia que me avise de que no rijo.

2. Renunciar a mediar los precios de las cosas.

3. No tener muebles a los que apegarme; ni libros.

4. Disponer de un tocadiscos automático y de muchos discos.

5. No hablar del pasado como mejor.

6. No dar cifras.

7. No preguntar, si hay riesgo de repetición.

8. No dejar de ir a Misa porque haga frío.

9. Encargar a alguien muy próximo que me avise si huelo mal.

10. Escuchar (si tengo oído) sin creerme obligado a intervenir en la conversación.

11. Encargar a alguien algo lejano que me avise de mi mal atuendo (los de cerca se van acostumbrando y no avisan). 

Nota: 9.

Entre los bosques y el agua. Patrick Leigh Fermor

Después de la magnífica Un tiempo para callar, el autor del blog se ha propuesto leer toda la obra de Leigh Fermor, no muy extensa, seguramente porque como apuntó en su obituario un buen amigo suyo, el Marques de Tamarón, su estilo, elegante en su barroquismo, donde el ritmo y la sonoridad de la prosa debían ser perfectos en cada párrafo, exigía una agotadora labor de corrección. Ese estilo brilla en Entre los bosques y el agua, relato del viaje de Leigh Fermor por diversas tierras entre Hungría y Rumanía.

Vaya por delante que el libro es inferior a Un tiempo para callar, tal vez por la actitud vital del narrador, más hedonista y menos introspectivo. Y aunque tiene frescura y perspicacia en sus descripciones, lo descrito adolece a veces de enjundia. Pesan también demasiado algunas peripecias propias más bien intrascendentes y digresiones sobre la historia local de un interés limitado (limitado para mí, claro). En todo caso, el juego entre lo vivido en el presente por el viajero y la historia de esos personajes y lugares está muy conseguido.

Un valor positivo de este libro de viajes es el descubrimiento de personajes muy interesantes. Sobre todo para quien ignore la historia de aquellos territorios, como es mi caso.  Destaca sobre todos el rey Matías Corvino (siglo XV), gran héroe nacional húngaro, descrito en estos términos: “Además de sus dotes marciales, fue un estadista, legislador, orador y erudito de una genialidad sin igual, que se pasaba la mitad de la noche enfrascado en sus libros. Sin discusión, el hombre más grande de su época –afirma un historiador inglés- y uno de los mejores monarcas de la historia. Hombre de vasta erudición, políglota, humanista apasionado, creador de la fabulosa Biblioteca Corvinus y magnífico constructor de palacios. Ciertamente un espléndido príncipe del Renacimiento. Pero, a diferencia de muchos de ellos (prosigue el historiador), a pesar de su inconmensurable experiencia con la ingratitud y la traición, jamás cometió una acción cruel o vengativa” (el subrayado es mío).

Obra en definitiva desigual, sirve al lector para familiarizarse con la cultura de aquellos reinos y pueblos, y disfrutar de un estilo elegante como pocos en la descripción de un viaje entre la historia y la realidad.

Nota: 7.

Contra el positivismo, libros para fortalecer la esperanza (II)

Confinados de nuevo en mayor o menor medida, vayan aquí más sugerencias que nos ayuden a combatir el optimismo tramposo y dulzón del todo irá bien y nos fortalezcan en la virtud de la esperanza, ahora que empieza el mes de noviembre. Porque todo irá bien, pero no como esperan los que no saben esperar.

  • Escritos esenciales, de Etty Hillesum
  • Hiroshima, de John Hersey
  • La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich
  • Diario de la felicidad, de Nicolae Steinhardt
Este último puede ser el más desconocido, por desgracia, pues es una obra maestra, uno de esos libros que le acompañan a uno para siempre porque se pueden leer y leer y extraer perlas de belleza y verdad en cada lectura. Se trata del diario de un abogado judío encarcelado por el régimen comunista rumano, que acaba convirtiéndose al cristianismo y recibiendo las órdenes como monje ortodoxo. Abarca prácticamente toda su vida adulta y es muchas cosas a la vez: compendio de la cultura europea del siglo XX, guía de espiritualidad, retrato de la vida bajo el totalitarismo, semblanza de un país como Rumanía, tan interesante y tan mal conocido... Una cita como aperitivo del festín que espera al que quiera leer estos diarios:

"No lo sabía -la respuesta de aquellos a los que se les habla de la tortura, de los campos de concentración, de la cárceles, de las confesiones forzadas de los acusados, de los internamientos de políticos en manicomios- no es una disculpa válida. Nadie está obligado a inventar la pólvora o a descubrir la teoría cuántica. Pero, por otra parte, una inteligencia elemental es un deber. Sobre todo para un cristiano, que tiene que estar siempre alerta ante las tentaciones. Y la estupidez es una tentación. Y no sólo para un cristiano. Y esto a causa de una constatación experimental objetiva: nadie sabe nada, pero todo el mundo lo sabe todo. 

La ignorancia, la estupidez, el paso a ciegas por la vida y por las cosas, o el paso indiferente son cosa del diablo. El samaritano no ha sido sólo bueno; también ha estado atento: ha sabido ver".




Hermanos de sangre. Stephen E. Ambrose

Un lector de este blog comenta que nunca se recomiendan libros de management, a pesar de la profesión de su autor. No es casualidad. Con la honrosa excepción de Peter Drucker, no soy asiduo a la literatura sobre gobierno y gestión y, desde luego, no he encontrado nada que merezca el título de clásico contemporáneo. Por el contrario, he padecido algunos bodrios cuya lectura era imprescindible si uno quería dirigir según la moda del momento.  

Por otra parte, he sacado bastantes lecciones para el oficio de dirigir de muchas obras de pensamiento y, en particular, de historia. Hermanos de sangre es un magnífico ejemplo. Este libro, en el que se basa la excelente serie de la HBO con idéntico título, narra las peripecias durante la Segunda Guerra Mundial, en el teatro de operaciones europeo, de la Compañía Easy, 506º Regimiento de Infantería de Paracaidistas, 101.ª División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos. En la inmensa movilización militar de esa guerra, Ambrose, un historiador fino y concienzudo, se fija en esta pequeña unidad porque no era una compañía cualquiera. De hecho, participó en las principales batallas de la reconquista europea sin apenas descansar entre una y otra, tal fue su eficacia.

La técnica narrativa se basa en entrevistas a los protagonistas. Y más allá de otros valores de la narración (es estupenda para entender la psicología del combatiente), la obra puede verse como un manual de liderazgo. Buenos y malos jefes se suceden y se evidencia el efecto que tienen en “los mandados”, sobre su moral y sobre su rendimiento. Narrada con agilidad y precisión, la historia muestra el poder transformador del líder cuando ejerce el mando como servicio.

Nota: 9.  


Un puente sobre el Drina. Ivo Andrić

Este clásico contemporáneo, publicado en 1945, es una novela de novelas, un conjunto de narraciones que abarca cuatro siglos en torno a la ciudad de Visegrad, Bosnia, y su puente sobre el río Drina, construido en el siglo XVI, cruce de caminos y, por tanto, de culturas e imperios. En cada época, el narrador se fija en la vida de algunos personajes para ilustrar las circunstancias del momento (políticas, sociales y económicas) y el modo en que responden a ellas. 

El conjunto de estas narraciones es un magnífico compendio de las lecciones que la historia nos aporta. Esa recreación, admirablemente bien hecha teniendo en cuenta que el viaje dura cuatrocientos años, resalta los particularismos de cada época, las decadencias y caídas de imperios como el turco o el austro-húngaro, con sus grandezas y miserias; y, a la vez, las virtudes y vicios constantes de la naturaleza humana, aquello que hace hombres a los hombres sea cual sea el viento de la historia. Esa es una de las características de los clásicos que puede apreciarse en Un puente sobre el Drina: su agudeza para retratar lo permanente bajo la superficie del espíritu de los tiempos. 

El estilo tiene ese punto de morosidad y cierta tendencia a lo sentencioso que los profanos adjudicamos con mayor o menor justicia a la escritura eslava. Puede hacer la lectura difícil en algunos pasajes, pero en conjunto creo que es una obra accesible, en la que uno puede encontrarse perlas de este calibre y que, por cierto, de alguna manera muestra la moraleja de este libro: “Sin embargo (…) no es posible que desaparezcan para siempre y por completo los grandes hombres, los hombres de buen corazón que por amor de Dios levantan construcciones duraderas, para que la tierra sea más bella y la vida de los hombres más cómoda y mejor. Si ellos desaparecieran, significaría que también el amor de Dios se apagará y se desvanecerá del mundo. Y eso no es posible”.

Nota: 9.

Adenda: Ivo Andrić escribió esta obra maestra en 1945, en Belgrado, ciudad “mártir”, bombardeada primero por el Eje y luego por los Aliados. Waugh publicó su Retorno a Brideshead también en 1945 y la escribió durante un permiso de sus obligaciones militares (era oficial de inteligencia y su misión posterior fue precisamente en los Balcanes). Son dos ejemplos entre muchos de la lucidez que parece dar la vivencia de las guerras.


La encrucijada del roble. Elisabeth Crook


Se comenta con frecuencia el "revival" del género western. Lo hay desde hace décadas en el cine (hace poco tuve ocasión de ver la espléndida Los hermanos Sisters) y en España se están reeditando libros clásicos, como los de Elmore Leonard y Allan Le May -el autor del Centauros del desierto- gracias a la Editorial Valdemar.

La encrucijada del roble responde a casi todas las leyes del western (por cierto, se podría hacer con ella una maravillosa película), pero es sobre todo una excelente novela, más allá del género. Conviene advertirlo para aquellos que no gusten de cabalgadas, grandes horizontes y tipos rápidos desenfundando revólveres. El protagonista es Benjamin Shreeve, un pobre chico que pronto queda huérfano y tiene que sacar adelante una modesta granja y a su extraña hermanastra Samantha, obsesionada con la pantera que mató a su madre. Benjamin se ve envuelto en un asesinato ocurrido en un remoto lugar de Texas tras el fin de la Guerra Civil. La narración consiste en los testimonios escritos que a raíz de ese hecho va remitiendo Benjamin a un juez.

La historia fluye con verosimilitud gracias a la autenticidad de la voz del narrador, Benjamin, que en su sencillez capta lo que pasa a su alrededor (y pasan muchas cosas) con una hondura peculiar. Aparecen personajes diferentes, buenos y malos, todos con un pasado oscuro que determina de algún modo el presente y del que quieren huir, como es propio del género. Y el relato avanza cada vez con más interés y tensión, por la fuerza de unos hechos sorprendentes, contenidos en esos testimonios, largas cartas que resaltan también el valor de la escritura como modo de contar la vida. Como escribe Benjamin al juez, “no deja de ser curioso que un suceso como tuvo lugar en el Julian, en el que no hubo ni bondad ni justicia y que le costó la vida a ocho hombres honrados, me haya brindado a mí, por cómo han dado la vuelta las cosas, libros, y anteojos, y una pluma de acero. Prometo hacer buen uso de todo ello”.

Desde luego, quien hace buen uso de sus dones como narradora es Elisabeth Crook (https://en.wikipedia.org/wiki/Elizabeth_Crook) en esta su primera novela traducida al castellano  y que merece mucho la pena.

Nota: 9.