Pastoral americana. Philip Roth


Novela ambiciosa que, en mi opinión, no logra del todo lo que pretende: un retrato de la sociedad americana de la posguerra, de su auge económico y su caída moral. El protagonista es un “elegido para la gloria”, buen atleta, buen soldado, buen hijo, buen novio y, después, buen marido y buen empresario. Pero no un buen padre (su hija se despeña por los muchos abismos abiertos en los 60) y, finalmente, tampoco un buen marido. 

Parábola de la cara negativa del sueño americano. Cae en cierto maniqueísmo: los buenos no lo son nunca en realidad, detrás de la bondad siempre hay algo oculto. De modo que la sociedad americana es en realidad una sociedad hipócrita. 

Bien construidos los personajes. Desmesurada en la extensión. En particular, se hacen pesadas las reflexiones sobre el peso del judaísmo en la vida del protagonista, seguramente un eco del propio Roth.

Tiene interés, pero no creo que sea una obra lograda.

Nota: 6,5.

El ruido del tiempo. Julian Barnes


No me ha gustado lo que he leído de Barnes. Excesivamente pedante y “literario”, en el peor sentido de la palabra. No me parece que admita la comparación -por lo demás, frecuente- con  su compañero generacional, McEwan. Prefiero también a Amis, aunque me resulta asimismo pedante (por cierto, en cuanto denuncia de las miserias del comunismo, su Koba, el temible resulta superior a este libro).

En este caso, sí me ha parecido una buena novela. Se trata de una recreación de la vida de Shostakovic, en particular, de su relación con un poder totalitario como el comunista. El ambiente de opresión obsesiva está magníficamente descrito. También la fuerza que tiene cualquier vocación artística real, a la que el músico supedita todo, incluso en alguna medida su moralidad (acepta una cierta connivencia con el sistema, que le maltrata, pero no del todo). Shostakovic tenía una personalidad compleja y atormentada, que es retratada con precisión y cierta simpatía. Da la impresión de que a Barnes, como escritor, también le parece que el artista puede gozar de otros códigos morales.

Me enfada el paralelismo igualador que desliza en algunos momentos entre el sistema capitalista y el comunista, como si ambos fueran solo máscaras distintas, pero equivalentes, de un poder omnímodo.

En todo caso, se trata de una novela profunda en torno al arte y el poder, muy bien escrita, que se lee con interés de principio a fin.


Nota: 8.

El monarca de las sombras. Javier Cercas


Vaya por delante mi admiración por Cercas, único autor español contemporáneo al que sigo (me gustaron mucho Soldados de Salamina y Anatomía de un instante). Creo que es un autor con eso que se llama “voz propia”, tal vez por el ritmo y la precisión de su escritura y su visión inquisitiva de la realidad, a la búsqueda de lo que las apariencias ocultan.

En este caso, se detecta un cierto amaneramiento, una especie de Cercas imitando a Cercas, puede que como recurso para sacar partido a un material más pobre que el de su anterior obra, El impostor. El relato se ciñe a la investigación sobre un tío del propio novelista, Manuel Mena, alférez provisional en la Guerra Civil, caído en combate durante la Batalla del Ebro. Y decepciona, aunque la prosa de Cercas mantenga su calidad. En primer lugar, porque tanto esa búsqueda que Cercas lleva a cabo en primera persona -demasiadas conversaciones banales-, como el resultado -unos pocos hechos históricos y muchas suposiciones- dan poco de sí.  Resulta cargante además su insistencia en que él debe atenerse a los hechos y no fabular mientras no deja de hacerlo.

Pero el motivo mayor de la decepción es que la historia sirve para dar cobertura a su explicación parcial y tópica del fracaso de la República y de la Guerra Civil, que lastra toda la narración. La tesis primaria de Cercas es que Mena acabó sus días desengañado y que su familia se equivocó de bando: debería haber combatido con la República. Una conclusión un tanto extravagante a la vista de que, por ejemplo, se narra el intento de asesinato de uno de sus familiares por parte de algún elemento izquierdista antes de la Guerra Civil (no parece fácil elegir el bando de quienes desean matarte). Y se basa, sobre todo, en la visión ideologizada –ridícula en su simplismo- con la que la mayor parte de la intelectualidad española sigue viendo el régimen de la II República y la Guerra Civil (una muestra: se describe como “masivo” el apoyo de Hitler y Mussolini al bando franquista, pero no se menciona a Stalin en todo el libro).  

Una pena que un escritor tan inteligente como Cercas no sea capaz de superar esa mentalidad dominante para haber mirado con ojos limpios aquella tragedia nacional. Hubiera podido así haber indagado en la figura de su tío con mayor hondura e inocencia, para intentar descubrir qué movió a miles de personas como Manuel Mena a tomar las armas y arriesgar sus vidas (¿querrían tal vez mantener la libertad de rezar al Dios de sus mayores?). Pero en estas páginas quedan reducidos a figurantes de la historia, víctimas manipuladas de unos pocos oligarcas: militares, ricos, obispos.


Nota: 5.

Cántico por Leibowitz. Walter M. Miller

Aprovechando una recomendación a un amigo, volví a leer esta excepcional novela publicada en 1960 (disfrutar de lo lindo una tercera lectura es sin duda un buen filtro de calidad). La obra se divide en tres partes hasta cierto punto independientes: "Fiat Homo," "Fiat Lux," y "Fiat Voluntas Tua." Me parece sensacional la primera, quizá superior a las otras dos, con ese inolvidable hermano Francis y su “execrable vanidad”, descubridor de las reliquias del futuro San Leibowitz.

Esta novela admite muchas lecturas,  expresión tópica, pero atinada en este caso. La entrada de Wikipedia es muy completa (https://en.wikipedia.org/wiki/A_Canticle_for_Leibowitz.) y refleja bien la trascendencia de la obra, creo que todavía bastante desconocida en España. Puede leerse como un relato de ciencia ficción de alta calidad, pues responde a los criterios del género (del que soy poco amigo, por cierto) y consigue lo que seguramente es más específico de este tipo de literatura: crear un mundo imaginario a la vez verosímil, original y atractivo.

Además, la historia es una parábola sugerente de la sociedad occidental (y en ese sentido, puede compararse -a mi juicio, sin desdoro- con Un mundo feliz o 1984). Se abordan muchos temas de gran interés: el vínculo entre ética y ciencia, la dificultad de controlar el poder humano, las relaciones Iglesia-Estado… En esta relectura, me quedo con lo que tiene de tratado de Eclesiología. La Iglesia aparece retratada con una profunda visión teológica. Una sociedad humana y divina, a la vez Esposa de Cristo y grupo de pecadores supuestamente unidos por un amor fraternal. Única defensora de quienes carecen de defensa, sin importar las consecuencias[1], mientras sortea mal que bien las tentaciones del poder secular.

Pero en la historia brilla sobre todo la imagen de la Iglesia como custodia del conocimiento humano y sede de la sabiduría (dimensión ésta, ay, olvidada hoy, también por los católicos). Con esa raíz -y el fundamento sobrenatural, claro- es capaz en el relato de ser fiel a su tradición apostólica, y, como ha ocurrido tantas veces en la historia, sostenerse firme a pesar de las presiones del espíritu del tiempo, de cada tiempo, a las que, sin ser inmune, no termina de ceder para seguir peregrinando hasta que vuelva su único señor.

Nota: 9,5.




[1] Ojo, spoiler en esta nota al pie: impresionará al lector que sean justo “los hijos del Papa” los asesinos del hermano Francis.

La interpretación del asesinato. Jed Rubenfeld

Novela policíaca bastante original, lo que es decir mucho en un género trillado que ahora vive por lo que se ve una etapa de efervescencia.

La acción transcurre en el Nueva York de principios del XX, cuando el capitalismo americano hace de esa ciudad su capital. Las fortunas pujan por hacer negocios cada vez más grandes en una Nueva York que comenzaba a ser ya caput mundi. Y allí desembarca Freud, invitado para dar unas conferencias sobre algo tan nuevo como escandaloso, el psicoanálisis (la visita fue históricamente real: en 1909). De alguna manera, Freud es el protagonista de la historia. No es que aparezca mucho, pero sus teorías son la herramienta principal con la que un joven médico intenta descifrar el enigma de un crimen. Le ayuda un detective de corte clásico, sin brillantez mental, pero perseverante y prudente, contrapunto de la sofisticación intelectual del médico.

El estilo es ágil y eficaz. Tal vez se demora demasiado en algunas subtramas y por momentos el hilo narrativo se pierde. Hay también mucho "psicologismo" quizá un tanto simplón y la obsesión propia por el sexo tan característica del freudianismo. Pero la historia resulta atractiva, el contexto histórico es de por sí sugestivo y los personajes están bien construidos. Una lectura interesante.


Una frase destacable: "por eso los padres tienen que morir: para hacer que el mundo se convierta en real para sus hijos".

Nota: 7.

Cáscara de nuez. Ian McEwan


El narrador de esta novela es un feto, hecho seguramente inédito en la historia de la literatura. Nos cuenta la descomposición de un matrimonio, proceso en el que una posible herencia lleva a planear el asesinato del marido traicionado, a manos de su esposa y de su amante, hermano del marido.
Estos elementos folletinescos, en contraste con la elección tan original de un narrador omnisciente que en realidad no ha nacido, requieren de un gran maestro para que la novela se sostenga. Y McEwan lo es. Aquí de nuevo brilla su pericia excepcional como narrador. La historia resulta interesante hasta el final.

No obstante, me parece un McEwan menor, como todas sus últimas creaciones. La historia se desarrolla con admirable perfección y hay una crítica sagaz al modo de vida hedonista y simplón de la clase media británica. Pero a diferencia del mejor McEwan (Los perros negros, Sábado, Expiación), no hay un planteamiento literario  de cuestiones trascendentes con la riqueza de matices y profundidad de que es capaz este excelente escritor, ya en decadencia, me temo. Claro que su decadencia -relativa- sigue siendo una cumbre.

Esta novela se mueve con verosimilitud entre la farsa y la tragedia porque está excepcionalmente urdida  y narrada, con ese tono de mordaz ironía tan característico de su autor. Su lectura es interesante como muestra de un brillante ejercicio estilístico y como semblanza de un tiempo y unas costumbres, pero dejará quizá en los seguidores de McEwan cierta sensación de insustancialidad.

Nota: 8.

Un espía entre amigos. Ben Macintyre

Excelente biografía de Kim Philby, el gran traidor del espionaje británico.

Con agudeza, sentido del humor y precisión, se cuenta la vida de este agente; en particular, la trama de todas sus traiciones y el papel en ellas de sus amigos, traidores como él o traicionados. Como la miseria moral del traidor puede quedar diluida por la deslumbrante inteligencia del doble juego que duró tres décadas (los listos que son malos nos lo parecen menos), el autor subraya la terrible responsabilidad de Philby, por ejemplo, en la muerte de personas.

El libro es también un retrato del particular mundo del espionaje británico, sus miembros y su estilo, que conforman un gremio peculiarísimo, hasta el punto de ser considerado en su rareza como la quintaesencia del carácter inglés. Destaca el personaje de su mejor amigo, Nicholas Elliot, espía como él en el MI6. Le defendió hasta que fue evidente que era en realidad un agente de la URSS y entonces se encargó el mismo de desenmascararlo. Philby logró huir, aunque tal vez fue dejado escapar, pues su juicio en Gran Bretaña hubiera sido demasiado escandaloso. El libro no es concluyente sobre este aspecto.

Ya en Moscú y pasados los años, Philby escribe a Elliot y le pide un encuentro en lugar neutral para hablar de los viejos tiempos. Elliot le responde con británica elegancia, al pedirle el favor de que pusiera flores de su parte en la tumba de Volkov, uno de los muchos a los que mató la traición de Philby.

Nota: 9.