Agustín de Hipona. Peter Brown


Tras diversas recomendaciones, me atreví con esta biografía de San Agustín, considerada como “de referencia”, cuya primera edición es de 1967 y la última, ampliada, de 2000. Peter Brown es un historiador prestigioso, profesor entre otras universidades de Oxford, ya emérito.

Lectura un tanto ardua porque es una biografía intelectual. Los acontecimientos vitales no son del todo los protagonistas de la obra, sino más bien el marco de esta historia de las ideas de San Agustín, de sus orígenes, influencias y desarrollo. En un periodo histórico, finales del siglo IV y principios del V, mucho más complejo de lo que a este profano le parecía: decadencia del Imperio, herejías, una Iglesia que no termina de asentarse… un cambio de época.

Se entiende el éxito de la obra por este enfoque digamos filosófico, pues Agustín de Hipona es, claro, un gran pensador. Pero a mí me interesa más el santo, de ahí que hubiera preferido más atención a lo puramente factual. También hay en la aproximación de Brown a una personalidad extraordinaria más interpretación psicológica de los hechos de lo que tal vez sería razonable. En ese sentido, es una semblanza perspicaz, pero, en ocasiones, falta de fundamento: algunas deducciones no parecen sostenerse en fuente alguna.

Una obra más para interesados en la filosofía agustiniana que en la biografía de un padre de la Iglesia. Cuestión de expectativas personales -el libro es, sin duda, el trabajo de un gran investigador-, en mi caso, defraudadas.

Nota: 6.

Relámpagos. Jean Echenoz


Echenoz es uno de mis escritores franceses favoritos. Bueno, solo tengo dos. El otro es Carriere, autor de unas de las mejores novelas que he leído: El adversario, una especie de A sangre fría a la francesa (un clásico contemporáneo que no reseño aquí por haberlo leído hace mucho, pero que recomiendo vivamente).

Echenoz me gusta por su estilo sencillo, directo e inteligente: va al grano en todas sus historias con gran perspicacia. Particularmente redonda me pareció Correr, su notable biografía novelada de Emile Zatopek.

Relámpagos es también una biografía novelada, aunque de inferior calidad a Correr. El material en este caso es la vida de Nicola Tesla, inventor de casi todo lo uno puedo pensar en el ámbito de la electro magnética (https://es.wikipedia.org/wiki/Nikola_Tesla). Un visionario quasi autodidacta -no terminó los estudios en la Universidad de Graz-, obsesivo con su trabajo, misántropo, vanidoso y egocéntrico, que responde al arquetipo del genio tan brillante como incomprendido, con un punto de ingenuidad que le hará presa fácil de distintos aprovechados, no pocos en los Estados Unidos de finales del XIX, cuando se desarrolla el capitalismo de las grandes fortunas. De hecho, murió arruinado, también por su propia torpeza financiera. 

Como suele pasar con Echenoz, el libro se lee muy bien por su estilo ágil y claro. Y la vida del personaje da mucho juego: de la gloria al fracaso y al revés a lo largo de varias décadas, aunque resulta un tanto negativa y oscura su aproximación al personaje. Tesla era muy rarito, desde luego, pero al abundar en su excentricidad se queda uno con la impresión de que el retrato resulta tal vez un tanto morboso. Algo más que extravagancia habría en una mente tan fértil.

Nota: 7.

Iluminada. Mary Karr


No terminé de enganchar con el Club de los Mentirosos, aclamadas memorias de las muy turbulentas infancia y adolescencia de Mary Karr (entre otras bendiciones del establishment, fue libro del año para la New York Review of Books), tal vez por su desmadrada exageración. Una vida real no se convierte en literariamente verosímil si no hay un gran estilo de por medio.

 Esta segunda parte de su vida me ha parecido muy superior. Con el mismo criterio fundamental de verismo (“todo lo que se cuenta me pasó”), Karr se centra en su matrimonio -fallido-, y su caída y recuperación del alcoholismo, vinculada a una bastante peculiar conversión al catolicismo, siempre con el contexto de su vida familiar, tan compleja y difícil, con dos padres amigos de la botella, entre otros vicios. Ese duro pasado es, en realidad, un continuo presente, del que la protagonista primero trata de escapar y que después poco a poco va aceptando.

El estilo es directo, fresco, liviano. Karr describe sus abismos de dolor con realismo inteligente, ligereza y un sentido del humor que cura al relato de la tentación del “ombliguismo” más o menos trascendente que pesa sobre cualquier autobiografía, y lo hace divertido, además de sabio. Se lee con gusto e interés esta novela, si cabe llamarla así, en la que con agudeza y sensibilidad se retrata una vida doliente, pero esperanzada.

Nota 8.

El cinéfilo. Walker Percy


Una introducción previa (sintagma escuchado en una ocasión, de labios académicos). Sospecho que las condiciones de lectura de un libro a veces me condicionan más de lo razonable. Este libro me ha gustado, pero debo advertir que lo leí en unos felices días de verano, en el silencioso jardín -antiguo huerto-  de una vieja casona castellana, con la Sierra de Gredos como horizonte. En esas condiciones, hubiera podido gustarme la prosa del programa político de Podemos.

La novela tiene un tono original, simpático, “sureño” (transcurre en Nueva Orleans), con una estructura un tanto inconsistente (primera obra de su autor), y personajes que se hacen querer por sus debilidades y también por sus personalidades fuertes, nada acomodaticias. Digo que me parece “sureño” por cuanto pesa la cultura del Sur -ese modo de afrontar con dignidad la derrota- en todo lo que ocurre.
  
El personal principal, Jack, es un nihilista burgués, hombre de negocios y ex combatiente de la Guerra de Corea, interesado solo en practicar la mayoría de los pecados capitales, con preferencia por la avaricia y la lujuria, e ir al cine, de ahí el título de la novela. Pero hay dos personas que “interfieren” en el cómodo devenir de su hedonismo vital. Tía Emily, vieja dama confederada, que trata continuamente de ponerle ante sus responsabilidades como caballero de la buena sociedad de Nueva Orleans. Y Kate, sobrina de Tía Emily, mujer tan atractiva como desorientada, con problemas de drogas, y necesitada de un verdadero amor. En la relación con ellas (y también con un hermanito con discapacidad intelectual: memorables los diálogos con él) Jack va de alguna manera comprendiendo que, como dice la frase de Kierkegaard que abre el libro, “la cualidad específica de la desesperación es exactamente ésta: no tiene conciencia de ser desesperación”.

Novela interesante, pero no redonda.

Nota: 7,5.

14 de julio. Eric Vuillard


Relato que llega a mis manos con una avalancha de muy buenas reseñas. Esta unanimidades a veces son sospechosas, con fundamento en este caso: no es para tanto el librito.

La narración se ajusta a las veinticuatro horas en las que se tomó la Bastilla. Se narra desde el punto de vista de los protagonistas “de a pie”, las personas concretas, el populacho. Sus descripciones conforman lo que pretende ser un fresco de la sociedad de la época. Sobre todo, de sus aspectos negativos, que son todos en la narración (nada, por lo visto, era salvable de aquel mundo). Miseria y negrura son los elementos de aquella sociedad, cuya radical falta de horizontes convertía la muerte en una alternativa plausible frente a una vida bestial.

No se trata de negar ni minimizar las profundas injusticias que sostenían el Ancien Regime. Pero resulta cargante el maniqueísmo “politically correct” (y, por tanto, anacrónico) con el que es descrita una situación social que me parece debía ser más compleja. Basta constatar en qué acabo la propia Revolución. El estilo es vivo, un tanto barroco, casi periodístico en su ritmo, y, en general, bastante eficaz en su propósito de hacernos respirar el ambiente de aquel decisivo día de la historia contemporánea. Y ese es quizá el mayor logro de este escrito más bien propagandístico.

Nota: 6

Un tiempo para callar. Patrick Leigh Fermor


No había tenido la dicha de leer a Patrick Leigh Fermor, considerado uno de los grandes escritores de viajes del siglo XX. Un tiempo para callar me ha parecido un clásico contemporáneo.

El libro describe las estancias de Leigh Fermor en las abadías benedictinas de Saint-Wandrille, Solesmes y en la Gran Trapa de Normandía, así como un viaje por el valle de los monasterios de Capadocia. Desde su increencia, Leigh Fermor se acerca con sensibilidad exquisita a una vida, la monástica, tan distinta a la mundana y, a la vez, fascinantemente civilizada, como va mostrando el propio autor mediante una cuidadosa selección de descripciones, anécdotas y diálogos. Y a pesar de su falta de fe, sabe descubrir  con delicadeza las raíces espirituales que sustentan la sabiduría de los monjes y la belleza de unos monumentos singulares; raíces fecundas –y así lo transmite el viajero-, pues sostienen también la fina y rara caridad con la que Leigh Fermor percibe que es tratado solo por ser un peregrino. 

Esta crónica de viajes puede así leerse como la alabanza poética de un modo de vida antiguo, pero todavía vivo, y de sus frutos sabrosos de la más alta civilización. El estilo de Leigh Fermor, con su elegancia precisa, está a la altura del reto. Véase este párrafo (perdón por la largura):

“Nadie que haya pasado por una experiencia similar, por breve que sea, podrá evitar un sentimiento de dolor que trasciende el simple lamento de un anticuario a la vista de los monasterios abandonados. Algo de esta elegíaca tristeza sobrevuela los monasterios rocosos de Capadocia que he intentado describir. Pero para nosotros, los occidentales, las ruinosas abadías inglesas que han permanecido desiertas desde la Reforma serán siempre las reliquias más conmovedoras y trágicas, pues son testigos convincentes de la vida que una vez las animó. No hay ningún enigma aquí. Conocemos la función y finalidad de cada uno de sus restos y los detalles exactos de la vida sagrada que se refugiaba en su interior. Conocemos también la desdichada y gratuita historia de su destrucción y abandono, y basta con que cerremos los ojos un segundo para que nuestra imaginación reconstruya torres y pináculos, y los oídos convoquen el quedo rumor de la actividad de los monjes, el sonido de las campanas fundidas largo tiempo atrás. Emergen por entre los campos como las cumbres de una desvanecida Atlántida ahogada en la profundidad de cuatro siglos. Claustros destripados se yerguen inútilmente entre los surcos y sólo los pilares quebrados marcan la antigua simetría de naves laterales y pasajes. Racimos de columnas sostienen la gran circunferencia vacía de un rosetón en el cielo lleno de cuervos; rodeadas de saúcos, sus bases se enredan entre helechos y zarzamoras que en su parte alta se unen con arcos y tímpanos rotos cuyos entrelazados hilos dibujan esbeltas trayectorias sobre las copas de los árboles. Es como si un vasto canto gregoriano se hubiera interrumpido hace cientos de años y hubiera quedado ahí suspendido, petrificado en su clímax desde entonces”.

Aunque no he leído el original, me parece excelente la traducción de Dolores Payás. Su prólogo es también una estupenda introducción a esta obra maestra.

Nota: 9.5

La montaña de los siete círculos. Fray Thomas Merton


He aquí un libro con fama de clásico contemporáneo. Fama merecida.

Son las memorias de un fraile norteamericano (si bien nació en Francia), Thomas Merton, personaje "icónico", como con tanta pedantería se dice ahora, del catolicismo próximo al Concilio Vaticano II, tras el que abrazó la causa del ecumenismo seguramente con más voluntad que acierto. No diré mucho más de alguien tan conocido, sobre todo ahora que su prestigio goza de un cierto revival por la recomendación del Obispo Robert Barron, quien, por cierto, de un modo distinto viene ocupando el lugar de Merton como gran apologeta dentro del catolicismo americano.

Desde luego, el material para la narración es un tesoro. La vida de Merton -converso tras innumerables peripecias- fue pródiga en vivencias, personajes y escenarios: Francia, Inglaterra (se graduó en Cambridge), Estados Unidos, entre otros. Los principales hitos de esa vida por momentos inverosímil se rememoran con una sensibilidad muy especial, no exenta a veces de cierta desmesura.  

Sirva esta cita sobre un asunto tangencial para apreciar su perspicacia, la originalidad y viveza de su pensamiento, desbordante hasta lo barroco; y también su estilo, rico y un tanto desmañado (no era un escritor profesional, sino un fraile trapense que obedecía el mandato de su superior), aunque con evidente voz propia:

"Después del latín, me parece que no hay una lengua tan apropiada para la oración y para hablar de Dios como el español, pues es una lengua a la vez fuerte y ágil, tiene una precisión de la cualidad del acero, que le da la exactitud que necesita el verdadero misticismo y, empero, es suave, gentil, flexible, lo que requiere la devoción, y es cortés, suplicante y galante; se presta, de modo sorprendente, poco a la sentimentalidad. Tiene algo de la intelectualidad del francés, pero no la frialdad de la intelectualidad del francés; nunca desborda en las melodías femeninas del italiano. El español no es nunca un idioma débil, nunca es flojo, ni siquiera en los labios de una mujer".

La montaña de los siete círculos es una magnífica autobiografía, a pesar de sus defectos narrativos, que puede leerse como una novela de aventuras y, a un nivel más profundo, como una historia mística, en el sentido más elemental de la palabra: la experiencia de Dios a lo largo de una vida. 

Nota: 9.