El cinéfilo. Walker Percy


Una introducción previa (sintagma escuchado en una ocasión, de labios académicos). Sospecho que las condiciones de lectura de un libro a veces me condicionan más de lo razonable. Este libro me ha gustado, pero debo advertir que lo leí en unos felices días de verano, en el silencioso jardín -antiguo huerto-  de una vieja casona castellana, con la Sierra de Gredos como horizonte. En esas condiciones, hubiera podido gustarme la prosa del programa político de Podemos.

La novela tiene un tono original, simpático, “sureño” (transcurre en Nueva Orleans), con una estructura un tanto inconsistente (primera obra de su autor), y personajes que se hacen querer por sus debilidades y también por sus personalidades fuertes, nada acomodaticias. Digo que me parece “sureño” por cuanto pesa la cultura del Sur -ese modo de afrontar con dignidad la derrota- en todo lo que ocurre.
  
El personal principal, Jack, es un nihilista burgués, hombre de negocios y ex combatiente de la Guerra de Corea, interesado solo en practicar la mayoría de los pecados capitales, con preferencia por la avaricia y la lujuria, e ir al cine, de ahí el título de la novela. Pero hay dos personas que “interfieren” en el cómodo devenir de su hedonismo vital. Tía Emily, vieja dama confederada, que trata continuamente de ponerle ante sus responsabilidades como caballero de la buena sociedad de Nueva Orleans. Y Kate, sobrina de Tía Emily, mujer tan atractiva como desorientada, con problemas de drogas, y necesitada de un verdadero amor. En la relación con ellas (y también con un hermanito con discapacidad intelectual: memorables los diálogos con él) Jack va de alguna manera comprendiendo que, como dice la frase de Kierkegaard que abre el libro, “la cualidad específica de la desesperación es exactamente ésta: no tiene conciencia de ser desesperación”.

Novela interesante, pero no redonda.

Nota: 7,5.

14 de julio. Eric Vuillard


Relato que llega a mis manos con una avalancha de muy buenas reseñas. Esta unanimidades a veces son sospechosas, con fundamento en este caso: no es para tanto el librito.

La narración se ajusta a las veinticuatro horas en las que se tomó la Bastilla. Se narra desde el punto de vista de los protagonistas “de a pie”, las personas concretas, el populacho. Sus descripciones conforman lo que pretende ser un fresco de la sociedad de la época. Sobre todo, de sus aspectos negativos, que son todos en la narración (nada, por lo visto, era salvable de aquel mundo). Miseria y negrura son los elementos de aquella sociedad, cuya radical falta de horizontes convertía la muerte en una alternativa plausible frente a una vida bestial.

No se trata de negar ni minimizar las profundas injusticias que sostenían el Ancien Regime. Pero resulta cargante el maniqueísmo “politically correct” (y, por tanto, anacrónico) con el que es descrita una situación social que me parece debía ser más compleja. Basta constatar en qué acabo la propia Revolución. El estilo es vivo, un tanto barroco, casi periodístico en su ritmo, y, en general, bastante eficaz en su propósito de hacernos respirar el ambiente de aquel decisivo día de la historia contemporánea. Y ese es quizá el mayor logro de este escrito más bien propagandístico.

Nota: 6

Un tiempo para callar. Patrick Leigh Fermor


No había tenido la dicha de leer a Patrick Leigh Fermor, considerado uno de los grandes escritores de viajes del siglo XX. Un tiempo para callar me ha parecido un clásico contemporáneo.

El libro describe las estancias de Leigh Fermor en las abadías benedictinas de Saint-Wandrille, Solesmes y en la Gran Trapa de Normandía, así como un viaje por el valle de los monasterios de Capadocia. Desde su increencia, Leigh Fermor se acerca con sensibilidad exquisita a una vida, la monástica, tan distinta a la mundana y, a la vez, fascinantemente civilizada, como va mostrando el propio autor mediante una cuidadosa selección de descripciones, anécdotas y diálogos. Y a pesar de su falta de fe, sabe descubrir  con delicadeza las raíces espirituales que sustentan la sabiduría de los monjes y la belleza de unos monumentos singulares; raíces fecundas –y así lo transmite el viajero-, pues sostienen también la fina y rara caridad con la que Leigh Fermor percibe que es tratado solo por ser un peregrino. 

Esta crónica de viajes puede así leerse como la alabanza poética de un modo de vida antiguo, pero todavía vivo, y de sus frutos sabrosos de la más alta civilización. El estilo de Leigh Fermor, con su elegancia precisa, está a la altura del reto. Véase este párrafo (perdón por la largura):

“Nadie que haya pasado por una experiencia similar, por breve que sea, podrá evitar un sentimiento de dolor que trasciende el simple lamento de un anticuario a la vista de los monasterios abandonados. Algo de esta elegíaca tristeza sobrevuela los monasterios rocosos de Capadocia que he intentado describir. Pero para nosotros, los occidentales, las ruinosas abadías inglesas que han permanecido desiertas desde la Reforma serán siempre las reliquias más conmovedoras y trágicas, pues son testigos convincentes de la vida que una vez las animó. No hay ningún enigma aquí. Conocemos la función y finalidad de cada uno de sus restos y los detalles exactos de la vida sagrada que se refugiaba en su interior. Conocemos también la desdichada y gratuita historia de su destrucción y abandono, y basta con que cerremos los ojos un segundo para que nuestra imaginación reconstruya torres y pináculos, y los oídos convoquen el quedo rumor de la actividad de los monjes, el sonido de las campanas fundidas largo tiempo atrás. Emergen por entre los campos como las cumbres de una desvanecida Atlántida ahogada en la profundidad de cuatro siglos. Claustros destripados se yerguen inútilmente entre los surcos y sólo los pilares quebrados marcan la antigua simetría de naves laterales y pasajes. Racimos de columnas sostienen la gran circunferencia vacía de un rosetón en el cielo lleno de cuervos; rodeadas de saúcos, sus bases se enredan entre helechos y zarzamoras que en su parte alta se unen con arcos y tímpanos rotos cuyos entrelazados hilos dibujan esbeltas trayectorias sobre las copas de los árboles. Es como si un vasto canto gregoriano se hubiera interrumpido hace cientos de años y hubiera quedado ahí suspendido, petrificado en su clímax desde entonces”.

Aunque no he leído el original, me parece excelente la traducción de Dolores Payás. Su prólogo es también una estupenda introducción a esta obra maestra.

Nota: 9.5

La montaña de los siete círculos. Fray Thomas Merton


He aquí un libro con fama de clásico contemporáneo. Fama merecida.

Son las memorias de un fraile norteamericano (si bien nació en Francia), Thomas Merton, personaje "icónico", como con tanta pedantería se dice ahora, del catolicismo próximo al Concilio Vaticano II, tras el que abrazó la causa del ecumenismo seguramente con más voluntad que acierto. No diré mucho más de alguien tan conocido, sobre todo ahora que su prestigio goza de un cierto revival por la recomendación del Obispo Robert Barron, quien, por cierto, de un modo distinto viene ocupando el lugar de Merton como gran apologeta dentro del catolicismo americano.

Desde luego, el material para la narración es un tesoro. La vida de Merton -converso tras innumerables peripecias- fue pródiga en vivencias, personajes y escenarios: Francia, Inglaterra (se graduó en Cambridge), Estados Unidos, entre otros. Los principales hitos de esa vida por momentos inverosímil se rememoran con una sensibilidad muy especial, no exenta a veces de cierta desmesura.  

Sirva esta cita sobre un asunto tangencial para apreciar su perspicacia, la originalidad y viveza de su pensamiento, desbordante hasta lo barroco; y también su estilo, rico y un tanto desmañado (no era un escritor profesional, sino un fraile trapense que obedecía el mandato de su superior), aunque con evidente voz propia:

"Después del latín, me parece que no hay una lengua tan apropiada para la oración y para hablar de Dios como el español, pues es una lengua a la vez fuerte y ágil, tiene una precisión de la cualidad del acero, que le da la exactitud que necesita el verdadero misticismo y, empero, es suave, gentil, flexible, lo que requiere la devoción, y es cortés, suplicante y galante; se presta, de modo sorprendente, poco a la sentimentalidad. Tiene algo de la intelectualidad del francés, pero no la frialdad de la intelectualidad del francés; nunca desborda en las melodías femeninas del italiano. El español no es nunca un idioma débil, nunca es flojo, ni siquiera en los labios de una mujer".

La montaña de los siete círculos es una magnífica autobiografía, a pesar de sus defectos narrativos, que puede leerse como una novela de aventuras y, a un nivel más profundo, como una historia mística, en el sentido más elemental de la palabra: la experiencia de Dios a lo largo de una vida. 

Nota: 9.

Un mundo escrito. Viajes, 1950-2000. Jan Morris


Jan Morris es una periodista galesa de larga trayectoria que ganó prestigio sobre todo a raíz de Coronation Everest, su crónica del primer ascenso a la montaña más alta del planeta. Entonces firmaba como James: se operó su sexo en los años setenta, experiencia, por cierto, descrita en esta obra que reúne crónicas de viajes publicadas en diversos medios durante cinco décadas. Generalmente son reportajes realizados al hilo de un hecho noticioso, aunque tienen un fondo más sociológico-cultural que periodístico: pretenden expresar lo que podríamos llamar “el alma de los pueblos”.

En la introducción a esta colección de reportajes magníficamente escritos, Morris escribe: “Pocas veces me impliqué a fondo en los asuntos que describe el libro. Me mantengo al margen por naturaleza y observo por profesión, me atrae la soledad y me he pasado la vida mirando cosas y hechos y analizando su efecto en mi sensibilidad concreta”. Resumen certero de su estilo, que mantiene un aire de levedad objetiva muy apropiada para la crónica de viajes; pero que se ve lastrado por el recurso constante a la interpretación introspectiva de lo que se describe. Hay más subjetivismo del que Morris reconoce en ese párrafo y es una pena: los escenarios y las épocas tienen mucho más interés que el efecto sobre la “sensibilidad concreta” de la Morris, por rica que sea en quien ha acumulado tantas vivencias. De ahí mi decepción con la mayoría de estas crónicas, en las que el protagonista es la Morris y no el lugar y las personas.


Nota: 6.

Solaris. Stanislaw Lem


En este blog se buscan clásicos contemporáneos y rara vez se encuentran. He aquí uno que se ha ganado con el tiempo esa etiqueta: Solaris. Llevada al cine ya tres veces desde que se publicara en 1961, buena muestra de su impacto, Solaris es un clásico contemporáneo y se entiende bien que lo sea tras haber leído el libro en la traducción que del polaco al castellano hizo Joanna Orzechowska y publicó Impedimenta en 2011.

No es que la novela carezca de defectos. Hay un exceso de pesadas descripciones de fenómenos físicos, los del planeta Solaris, que buscan quizá un lirismo un tanto afectado. Sobran también no pocas exhibiciones de conocimientos científicos (Lem era un sabio multidisciplinar) y digresiones del ámbito de la filosofía de la ciencia poco inteligibles para el lector común, e irrelevantes, creo, para el desarrollo de la historia. Animo a saltarse con toda paz esas páginas y a centrarse en la historia, de un raro y fascinante misterio.

No diré apenas nada del argumento, por ser conocido y para evitar spoilers que, en una historia de intriga, son especialmente reprobables. El protagonista “humano” es Kris Kelvin, un psicólogo enviado a la estación espacial que estudia el planeta Solaris, el otro gran protagonista de la novela. Un “planeta-ser”, por decirlo de algún modo, cuyas manifestaciones vitales son el meollo de la narración.

La novela es, sin duda, excelente. Una trama inteligentemente desarrollada, con unos personajes creíbles y atractivos, que protagonizan un drama donde se abordan con hondura algunas de las cuestiones fundamentales de la vida humana. Sobre la filosofía que subyace en el libro se ha escrito mucho (basta darse una breve vuelta por internet). Seguramente una cierta ambigüedad en sus planteamientos puede explicar la riqueza del debate. Véase por ejemplo esta cita, en la que el autor resume la ciencia solarística, el conocimiento científico generado por el estudio del planeta Solaris: “La solarística es, pues, un sepulcro de mitos ya fallecidos, una manifestación de añoranzas místicas que los labios humanos no se atreven a pronunciar en voz alta; su piedra angular, escondida en lo más hondo de sus cimientos, la constituye la esperanza de la Redención”.

Sea como fuere, creo que, por discutibles que puedan ser algunas de las ideas de Lem, la lectura hará pensar “en serio” a quien se acerque a Solaris buscando solo su disfrute como obra de ficción. Un disfrute extraordinario.

Nota: 9.

El temperamento español. V.S. Pritchett



Otro inglés que pasó por aquí y le cautivamos, aunque en este caso resulta especialmente crítico. Son una especie de memorias de viaje por la España de los años 50 (la obra fue publicada en 1958). Pritchett, buen amigo de Gerald Brenan, capta bien algunos elementos del carácter hispano (si tal generalidad es asumible), como nuestra generosidad y la capacidad de sufrimiento -o de estoicismo, según se mire-. En otros casos, resulta superficial y muy deudor de su compromiso con la causa republicana -ya en los años treinta visitó nuestro país-, sobre todo al valorar el catolicismo y su influencia en la cultura española. La Iglesia es la causa de todos nuestros males históricos, viene a sostener, repitiendo el tópico que ya sustentara el viajero británico por excelencia, Richard Ford, en el siglo XIX.

Se lee razonablemente bien, pero no aporta demasiado.

Nota: 6.