El jilguero. Donna Tartt


Hacía tiempo que no tenía una sensación de lectura como ésta. Quería avanzar con ansía para saber qué pasaba en las siguientes páginas. Supongo que eso es lo mejor que se puede decir de un thriller. Y eso es esta novela: un thriller, muy bueno, ni más ni menos (he leído consideraciones más elevadas sobre esta obra, que me parecen desmesuradas).

Es una historia de cierta complejidad, en torno a un muchacho a quien vemos convertirse en hombre y ejercer de tal en la parte final de la narración. El protagonista pierde a su madre en un atentado terrorista del que él también es víctima. En ese atentado roba un cuadro, “El jilguero”, obra real, de Carel Fabritius, discípulo de Rembrandt. Como huérfano de madre y con un padre sinvergüenza, le ocurren diversas peripecias mientras la acción avanza hacia un final en que el asunto del cuadro se aclara definitivamente.

Muy entretenida. Trama brillante. Ágil y bien escrita, aunque a veces peca de barroquismo. Fondo un tanto nihilista, si bien algunos personajes ofrecen un contrapunto de bondad y el propio protagonista no acepta pacíficamente que la vida sea pasar el tiempo y divertirse. A veces, las reflexiones resultan pretenciosas, en particular, al final de la novela, que en todo caso es excelente en su género.


Nota: 8,5.

Legionario en España. Peter Kemp


Memorias de guerra de un chico bien británico que se alista en el bando nacional en 1936 (por cierto, no era católico, sino anglicano, si bien no practicante, valga la tautología). Su estilo tiene las características que se esperan de un graduado de Cambridge: ágil, perspicaz, divertido, culto.

El mayor valor del libro es su penetrante conocimiento del carácter hispano. Alaba nuestra alegría, valor y capacidad de resistencia. Le desconciertan nuestra indisciplina, capacidad de odio e improvisación. El muchacho acaba de Alférez de la Legión, cosa ciertamente peculiar, pues parece inverosímil la mezcla de un hijo del Trinity College con el rudo espíritu legionario. Pero Mr Kemp lo llevó estupendamente y se hizo con naturalidad “novio de la muerte” (novio fogoso: llegó a ser varias veces herido de gravedad).

Estas memorias son un interesante repaso de la guerra civil desde una óptica original. Quien se sienta atraído a su lectura por estas líneas, le conviene no demorarla: en estos tiempos, el libro corre el riesgo de ser prohibido.

Nota: 8.

Me llamo Lucy Barton. Elisabeth Strout


No me ha merecido la pena esta lectura. Es la autobiografía a retazos de una señora que procede de un hogar miserable, en todos los sentidos de la palabra. El relato se produce mientras ella tiene una convalecencia en un hospital neoyorquino y su madre viene a verla, lo que hace de excusa para la narración de su vida, a partir de algunas anécdotas.

Tiene ese estilo que parece aspirar a una sencillez profunda, y que a mí me resulta más bien de un simplismo plano, muy en la línea de Roth (descanse en paz) y otros autores americanos de la segunda mitad del XX. Me resulta imposible darle tanta importancia a diálogos sosos, que, por lo visto, deben de llevar una carga de gran sabiduría moral. No me ha sido dado descubrirla y, por tanto, apreciarla.


Nota: 5.

Tiene que ser aquí. Maggie O´Farrell


Buena novela de cierta complejidad -se suceden los protagonistas, escenarios y épocas-, bien resuelta, aunque con tramos de menor valía y, por momentos, confusa. Como ocurre  más veces de lo que sería esperable en la literatura contemporánea, falta una labor de edición que hubiera hecho el texto redondo. Tiene uno la impresión de que la autora no ha tenido la valentía de suprimir algunos episodios y subtramas más bien irrelevantes.

El protagonista es Daniel Sullivan, un profesor americano que se casa con una estrella de cine retirada, cuyo afán por quitarse del foco de la fama le llevó a vivir en un lugar inaccesible de Irlanda. Se describen sus vidas –en particular, los “momentos de la verdad”-, con frecuentes saltos temporales y un estilo meticuloso, a veces demasiado introspectivo y detallista. Son vidas dolientes continuamente al borde del fracaso, en pugna constante por  una felicidad a la que no se renuncia a pesar de que no se termina de alcanzar.

Ese fondo de esperanza realista impregna la novela y le da un tono atractivo. En ese sentido, el título es elocuente: David busca su lugar en el mundo y, a pesar de las derrotas, todavía piensa que tiene que ser aquí.

Nota: 7,5.

El número 11. Jonathan Coe

De Jonathan Coe me impresionó La lluvia antes de caer, ya desde el mismo título, uno de los mejores que recuerdo, y a pesar de su perversa apología del suicidio. También me gustó Expo 58, mucho más ligera: una novela satírica sobre el mundo del espionaje.

Esta novela pivota sobre dos personajes, Rachel y Alison, amigas que en su infancia viven una historia de tintes fantásticos con la que se abre la narración. Luego siguen una seria de relatos que solo tienen en común el protagonismo de alguna de ellas, con la Inglaterra de los años 90 hasta la actualidad como escenario.

Esas historias tienen un interés dispar. Bien escritas, muy divertida alguna de ellas (sobre todo la que describe un reality show, por otra parte, carne fácil de sátira), componen un collage que el autor une con el pegamento de la crítica política: Recortes en el estado de bienestar, precariedad laboral, capitalismo salvaje...

Se trata de una novela de tesis: Inglaterra ha ido mal por el triunfo del pensamiento conservador, cuya peor variante es el New Labour de Blair, por aquello de que no hay peor cuña que la de la misma madera. El mensaje, por tanto, es de laborismo corbyniano: tan contundente como superficial. A pesar de la inteligencia irónica de Coe, la narración se resiente muchas veces de ese maniqueísmo.

Nota: 6.

Mr Wu & Mrs Stitch. The letters of Evelyn Waugh & Diana Cooper



 Se disfruta mucho este conjunto de cartas entre Evelyn Waugh y Lady Diana Cooper (https://es.wikipedia.org/wiki/Lady_Diana_Cooper) que cubren las décadas “mollares” del siglo pasado. En ellas se aprecia el desarrollo de una amistad peculiar, sostenida en el tiempo de dos vidas muy diferentes entre sí. Ambos tenían una gran intimidad, a pesar de que a Waugh no era fácil quererle y la Cooper, bellezón que ejercía de lo que ahora llamaríamos reina del papel couché, tampoco tenía un temperamento sencillo. El escenario principal: el gran mundo de una aristócrata como Cooper, representada, por cierto, en varios personajes de las narraciones de Waugh, asunto que es materia  de algunas de las cartas. Un gran mundo lleno de personajes interesantes y buena vida, como se espera, pero también de sufrimiento por la falta de amor.

En un contexto de franqueza mutua –refinada por una exquisita politesse-, llama la atención la dureza con la que Waugh habla a su amiga de las cuestiones de fe. Le dice literalmente que “su vida está sobrada de ternura y falta de instrucción religiosa”. Un buen amigo dice la verdad a otro, aunque sea dolorosa.

No obstante, Waugh se reconoce continuamente como un misántropo. Para evidenciar ese defecto, cuenta la siguiente anécdota, que casi merece la lectura del libro. Su mujer (Laura, esa santa) entra en su despacho y le dice (la cita no es literal): tenemos una emergencia. Un gran macetero ha caído sobre la cabeza de uno de nuestros sirvientes. Sangra muchísimo. Y Waugh responde: qué horror, cariño. ¿Y se ha roto el macetero?

Así de divertidas son muchas de estas páginas, si uno conecta con este mundo de inteligencia un tanto frívola, pero aguda.


Nota: 8.

La vida de Disraeli. André Maurois


“Nada hay en el mundo que no tenga su momento decisivo y la obra maestra de la buena conducta es conocer y elegir ese momento”.

Esta frase del Cardenal Retz, que gustaba mucho a Disraeli, me parece la clave de bóveda de su vida y de esta biografía, un clásico contemporáneo. Una vida apasionante, sin duda, con el escenario tan atractivo de la política inglesa de la segunda mitad del XIX, periodo de esplendor de un parlamentarismo genuino. Maurois retrata a Disraeli como un magnífico orador, excelente conversador y fino conocedor de las pasiones humanas, tres cualidades esenciales para el triunfo político en aquellos tiempos (¿y en estos?). Un triunfo costoso (conoció muchas más derrotas que victorias), pues debió superar la desventaja de no pertenecer a la élite social y de ser de raza judía, si bien era anglicano de religión. Sabedor de esas limitaciones, orientó todos sus pasos, con la determinación propia de los muy grandes, a lograr el summum: ser el primer ministro de Su Majestad. Lo consiguió con la Reina Victoria, cuya confianza se ganó de forma plena, merito mayor si se tiene en cuenta la personalidad no precisamente acomodaticia de la reina.

La biografía resulta excelente por el agudo retraso psicológico de Disraeli. De hecho, estamos más bien ante una larga semblanza, una descripción en el tiempo del desarrollo de una personalidad exuberante, atractiva por su inteligencia y por sus virtudes morales.

Nota: 9.