Me llamo Lucy Barton. Elisabeth Strout


No me ha merecido la pena esta lectura. Es la autobiografía a retazos de una señora que procede de un hogar miserable, en todos los sentidos de la palabra. El relato se produce mientras ella tiene una convalecencia en un hospital neoyorquino y su madre viene a verla, lo que hace de excusa para la narración de su vida, a partir de algunas anécdotas.

Tiene ese estilo que parece aspirar a una sencillez profunda, y que a mí me resulta más bien de un simplismo plano, muy en la línea de Roth (descanse en paz) y otros autores americanos de la segunda mitad del XX. Me resulta imposible darle tanta importancia a diálogos sosos, que, por lo visto, deben de llevar una carga de gran sabiduría moral. No me ha sido dado descubrirla y, por tanto, apreciarla.


Nota: 5.

Tiene que ser aquí. Maggie O´Farrell


Buena novela de cierta complejidad -se suceden los protagonistas, escenarios y épocas-, bien resuelta, aunque con tramos de menor valía y, por momentos, confusa. Como ocurre  más veces de lo que sería esperable en la literatura contemporánea, falta una labor de edición que hubiera hecho el texto redondo. Tiene uno la impresión de que la autora no ha tenido la valentía de suprimir algunos episodios y subtramas más bien irrelevantes.

El protagonista es Daniel Sullivan, un profesor americano que se casa con una estrella de cine retirada, cuyo afán por quitarse del foco de la fama le llevó a vivir en un lugar inaccesible de Irlanda. Se describen sus vidas –en particular, los “momentos de la verdad”-, con frecuentes saltos temporales y un estilo meticuloso, a veces demasiado introspectivo y detallista. Son vidas dolientes continuamente al borde del fracaso, en pugna constante por  una felicidad a la que no se renuncia a pesar de que no se termina de alcanzar.

Ese fondo de esperanza realista impregna la novela y le da un tono atractivo. En ese sentido, el título es elocuente: David busca su lugar en el mundo y, a pesar de las derrotas, todavía piensa que tiene que ser aquí.

Nota: 7,5.

El número 11. Jonathan Coe

De Jonathan Coe me impresionó La lluvia antes de caer, ya desde el mismo título, uno de los mejores que recuerdo, y a pesar de su perversa apología del suicidio. También me gustó Expo 58, mucho más ligera: una novela satírica sobre el mundo del espionaje.

Esta novela pivota sobre dos personajes, Rachel y Alison, amigas que en su infancia viven una historia de tintes fantásticos con la que se abre la narración. Luego siguen una seria de relatos que solo tienen en común el protagonismo de alguna de ellas, con la Inglaterra de los años 90 hasta la actualidad como escenario.

Esas historias tienen un interés dispar. Bien escritas, muy divertida alguna de ellas (sobre todo la que describe un reality show, por otra parte, carne fácil de sátira), componen un collage que el autor une con el pegamento de la crítica política: Recortes en el estado de bienestar, precariedad laboral, capitalismo salvaje...

Se trata de una novela de tesis: Inglaterra ha ido mal por el triunfo del pensamiento conservador, cuya peor variante es el New Labour de Blair, por aquello de que no hay peor cuña que la de la misma madera. El mensaje, por tanto, es de laborismo corbyniano: tan contundente como superficial. A pesar de la inteligencia irónica de Coe, la narración se resiente muchas veces de ese maniqueísmo.

Nota: 6.

Mr Wu & Mrs Stitch. The letters of Evelyn Waugh & Diana Cooper



 Se disfruta mucho este conjunto de cartas entre Evelyn Waugh y Lady Diana Cooper (https://es.wikipedia.org/wiki/Lady_Diana_Cooper) que cubren las décadas “mollares” del siglo pasado. En ellas se aprecia el desarrollo de una amistad peculiar, sostenida en el tiempo de dos vidas muy diferentes entre sí. Ambos tenían una gran intimidad, a pesar de que a Waugh no era fácil quererle y la Cooper, bellezón que ejercía de lo que ahora llamaríamos reina del papel couché, tampoco tenía un temperamento sencillo. El escenario principal: el gran mundo de una aristócrata como Cooper, representada, por cierto, en varios personajes de las narraciones de Waugh, asunto que es materia  de algunas de las cartas. Un gran mundo lleno de personajes interesantes y buena vida, como se espera, pero también de sufrimiento por la falta de amor.

En un contexto de franqueza mutua –refinada por una exquisita politesse-, llama la atención la dureza con la que Waugh habla a su amiga de las cuestiones de fe. Le dice literalmente que “su vida está sobrada de ternura y falta de instrucción religiosa”. Un buen amigo dice la verdad a otro, aunque sea dolorosa.

No obstante, Waugh se reconoce continuamente como un misántropo. Para evidenciar ese defecto, cuenta la siguiente anécdota, que casi merece la lectura del libro. Su mujer (Laura, esa santa) entra en su despacho y le dice (la cita no es literal): tenemos una emergencia. Un gran macetero ha caído sobre la cabeza de uno de nuestros sirvientes. Sangra muchísimo. Y Waugh responde: qué horror, cariño. ¿Y se ha roto el macetero?

Así de divertidas son muchas de estas páginas, si uno conecta con este mundo de inteligencia un tanto frívola, pero aguda.


Nota: 8.

La vida de Disraeli. André Maurois


“Nada hay en el mundo que no tenga su momento decisivo y la obra maestra de la buena conducta es conocer y elegir ese momento”.

Esta frase del Cardenal Retz, que gustaba mucho a Disraeli, me parece la clave de bóveda de su vida y de esta biografía, un clásico contemporáneo. Una vida apasionante, sin duda, con el escenario tan atractivo de la política inglesa de la segunda mitad del XIX, periodo de esplendor de un parlamentarismo genuino. Maurois retrata a Disraeli como un magnífico orador, excelente conversador y fino conocedor de las pasiones humanas, tres cualidades esenciales para el triunfo político en aquellos tiempos (¿y en estos?). Un triunfo costoso (conoció muchas más derrotas que victorias), pues debió superar la desventaja de no pertenecer a la élite social y de ser de raza judía, si bien era anglicano de religión. Sabedor de esas limitaciones, orientó todos sus pasos, con la determinación propia de los muy grandes, a lograr el summum: ser el primer ministro de Su Majestad. Lo consiguió con la Reina Victoria, cuya confianza se ganó de forma plena, merito mayor si se tiene en cuenta la personalidad no precisamente acomodaticia de la reina.

La biografía resulta excelente por el agudo retraso psicológico de Disraeli. De hecho, estamos más bien ante una larga semblanza, una descripción en el tiempo del desarrollo de una personalidad exuberante, atractiva por su inteligencia y por sus virtudes morales.

Nota: 9.

Pastoral americana. Philip Roth


Novela ambiciosa que, en mi opinión, no logra del todo lo que pretende: un retrato de la sociedad americana de la posguerra, de su auge económico y su caída moral. El protagonista es un “elegido para la gloria”, buen atleta, buen soldado, buen hijo, buen novio y, después, buen marido y buen empresario. Pero no un buen padre (su hija se despeña por los muchos abismos abiertos en los 60) y, finalmente, tampoco un buen marido. 

Parábola de la cara negativa del sueño americano. Cae en cierto maniqueísmo: los buenos no lo son nunca en realidad, detrás de la bondad siempre hay algo oculto. De modo que la sociedad americana es en realidad una sociedad hipócrita. 

Bien construidos los personajes. Desmesurada en la extensión. En particular, se hacen pesadas las reflexiones sobre el peso del judaísmo en la vida del protagonista, seguramente un eco del propio Roth.

Tiene interés, pero no creo que sea una obra lograda.

Nota: 6,5.

El ruido del tiempo. Julian Barnes


No me ha gustado lo que he leído de Barnes. Excesivamente pedante y “literario”, en el peor sentido de la palabra. No me parece que admita la comparación -por lo demás, frecuente- con  su compañero generacional, McEwan. Prefiero también a Amis, aunque me resulta asimismo pedante (por cierto, en cuanto denuncia de las miserias del comunismo, su Koba, el temible resulta superior a este libro).

En este caso, sí me ha parecido una buena novela. Se trata de una recreación de la vida de Shostakovic, en particular, de su relación con un poder totalitario como el comunista. El ambiente de opresión obsesiva está magníficamente descrito. También la fuerza que tiene cualquier vocación artística real, a la que el músico supedita todo, incluso en alguna medida su moralidad (acepta una cierta connivencia con el sistema, que le maltrata, pero no del todo). Shostakovic tenía una personalidad compleja y atormentada, que es retratada con precisión y cierta simpatía. Da la impresión de que a Barnes, como escritor, también le parece que el artista puede gozar de otros códigos morales.

Me enfada el paralelismo igualador que desliza en algunos momentos entre el sistema capitalista y el comunista, como si ambos fueran solo máscaras distintas, pero equivalentes, de un poder omnímodo.

En todo caso, se trata de una novela profunda en torno al arte y el poder, muy bien escrita, que se lee con interés de principio a fin.


Nota: 8.