Shtisel

 Shtisel no es un libro. Pero sí un clásico contemporáneo. Así que me salto la costumbre de este blog y hago una entrada sobre esta serie de televisión, una obra de arte mayor de nuestro siglo XXI. De hecho, no sería capaz de destacar una obra hecha en estas dos décadas de la que haya disfrutado más. Y lo digo pasados varios días desde que la terminé. 

Antes de seguir derrapando con los elogios, un dato que puede desalentar a los más comodones. La ofrece Netflix en versión original (yidis) con subtítulos. Al principio fastidia, pero luego uno aprecia la sonoridad peculiar de esta misteriosa lengua y, sobre todo, se da cuenta del acierto, pues la autenticidad de lo que pasa no admite la cierta mentira que hay en todo doblaje. 

La serie va sobre una familia de judíos askenazíes en un barrio de Jerusalem (esos barrios que nuestros medios llaman ultraortodoxos, es decir, que los que viven allí no les caen bien). Muertes, noviazgos, bodas, nacimientos, trabajos... vidas ordinarias, vividas con una sencillez que podríamos llamar premoderna. Ese es el gran acierto de la narración. Solo en una comunidad en cierto modo ahistórica -su aislamiento les hace inmunes a tantas estupideces de nuestro tiempo- pueden verse algunas constantes de nuestra naturaleza, buenas, malas y regulares, en una versión de una pureza original. Si quiere usted, por ejemplo, explicar la institución del noviazgo, ya casi desaparecida en las sociedades occidentales, le recomiendo que utilice algunas de las tramas de esta serie. 

Alguien puede pensar que me ha gustado tanto por exaltar el papel central de la religión en las vidas. De alguna manera, Dios es el protagonista principal, desde luego, pero las historias que se cuentan no pretenden fomentar una visión religiosa (tampoco criticarla, como parece que ha hecho alguna otra serie ambientada en estas comunidades). La ley judía es el marco en el que se mueven estas vidas, doloridas, pero esperanzadas, caracteres que evolucionan con sus virtudes y miserias, en un tono a veces trágico, a veces cómico, pero siempre con una música de fondo que suena a simpatía sabia por cada personaje. No hay buenos ni malos, como tampoco hay maniqueísmos respecto de una fe que no es ensalzada porque no hace ninguna falta.

Es lo que se cuenta y también cómo se cuenta. Qué interpretaciones, qué puesta en escena, qué música, qué fotografía... Sin esteticismos tipo Malick, solo belleza al servicio de las verdades eternas que cuenta Shtisel. Como no soy capaz de encontrarle un defecto, pongo por primera vez la máxima nota. 

Nota: 10. 

Muerte de un hombre feliz. Giorgio Fontana

Novela emocionante y amena sobre un fiscal italiano, Giacomo Colnagui, en el contexto de la Italia de finales de los setenta. La acción se sitúa en un verano y en la investigación del asesinato de un colega suyo a mano de las Brigadas Rojas. Paralelamente, se hacen flashbacks sobre la vida del padre del protagonista, partisano que muere a manos de los fascistas. El doble juego temporal está muy logrado en la historia.

Esa paradoja de que el hijo del partisano ahora luche contra los “rojos” es el meollo de la historia, que retrata aquella Italia azotada por el terrorismo. También puede leerse como un intento de comprender las pasiones y teorías que alentaron aquel fenómeno terrorista de gran poder que fueron las Brigadas Rojas y la respuesta más o menos acertada de la sociedad y los poderes públicos. 

Merece destacarse el personaje principal, Giacomo, una persona normal que sabe responder ante circunstancias extraordinarias, con sus debilidades y un afán de comprender a todos que le hace especialmente atractivo. Su compromiso con la justicia y con su fe cristiana impregnan la novela.  

La novela es un drama, el relato de un martirio que se ve venir desde el principio, lo que no resta interés a la narración. Está magníficamente escrita, con un tono de profundidad y sencillez muy atractivo.

Nota: 8.

Recuerdos de un jardinero inglés. Reginald Arkell

He aquí un libro que merece el título de clásico contemporáneo. El narrador nos cuenta la vida de un anciano, Bert Pinnegar, antiguo jefe de jardinería de una mansión inglesa. Que no se asusten los que no conecten con la jardinería (mis conocimientos se limitan a distinguir rosas, margaritas y claveles). La obra es un homenaje al oficio de jardinero, sí, pero como Los restos del día lo era también respecto del de mayordomo. Ambas son mucho más y, por cierto, los paralelismos que he encontrado entre ambas no terminan ahí. Comparten tono elegíaco (la nostalgia del esplendor de un mundo pasado); una alabanza de virtudes sin brillo social, como la lealtad, la discreción y la sobriedad; unas personalidades complejas, con sus rarezas y dificultades sentimentales, pero moralmente rectas; y una historia de amor, menos frustrante y más cerca de la amistad en este libro que en el de Ishiguro.

La narración fluye con gracia, en un estilo delicado y sencillo, en el que hay una mirada realista y a la vez misericordiosa sobre las vidas humanas, con ese so british punto de ironía, sin llegar a lo estrambótico. Vayan estas citas como ejemplo:

“La jardinería puede ser la ocupación más exigente del mundo, pero da tanto como exige, ni más, ni menos. La vida en un jardín es una larga batalla contra las fuerzas del Mal, pero la victoria merece la pena. A una derrota exasperante le seguía un triunfo espectacular. En un momento estás tirado en el suelo y al siguiente te elevas sobras las alas de la mañana. Aunque Bert Pinnegar no expresaba sus sentimientos con esas palabras exactas, algo dentro de él cantaba una melodía parecida”. 

“Durante la década de los ochenta, los habitantes de estas islas eran todavía una raza primitiva que se permitía excesos de crueldad y superstición. En nuestra más civilizada época nos damos cuenta que el castigo corporal embrutece al joven delincuente, y esas represalias, sean del tipo que sean, hay que condenarlas. El señor Addis no sabía esto. Le dio al joven Pinnegar una buena tunda, y, como la jardinería no es un trabajo que se haga sentado, tampoco perdió mucho”.

“El señor Pinnegar no dijo palabra, algo que, en cualquier discusión, es siempre una carta ganadora”.

“Usted cree que la señora estaba mal de la cabeza porque encontró tiempo, en medio de todos sus problemas, para pensar en un viejo que había trabajado para ella durante sesenta años. Eso demuestra lo poco que sabe usted. En el mundo sigue habiendo sitio para un poco de amabilidad, y la próxima vez que tenga usted ganas de despreciar los sentimientos de las personas porque tenga prisa por llegar algún sitio, debería tener eso en cuenta”.

Y atención a esta cita: “Con el cambio de siglo empezaron a ocurrir cosas por fin. La reina Victoria murió y el príncipe de Gales se convirtió en rey de Inglaterra, cuando ya era casi demasiado tarde para que eso tuviera importancia para él”. Sepan ustedes que esta obra fue representada en función privada para la familia real británica en las Navidades de 1979. Quién sabe si ese día la reina Isabel tomó alguna decisión respecto del futuro de su hijo Carlos. 

Nota: 9,5.


Seguro de amor. Earl Derr Biggers

Una agradable sorpresa esta novela, publicada en 1914, pero que se mantiene sorprendentemente fresca, por su estilo desenfadado, nada retórico. Podemos ubicarla en el género de las comedidas de “amor y lujo”, ligera y divertida. El enredo amoroso transcurre en Florida, en la imaginaria ciudad de San Marco, de raíces españolas. Los personajes principales tienen carisma, los diálogos son ingeniosos y la trama, a pesar de su complejidad, se sostiene creíblemente durante toda la narración. 

Mención específica merece el elegante sentido del humor del autor, Earl Derr Biggers, del que no sabía nada y que fue famoso en su tiempo por ser el creador del detective Charlie Chan. Es un humor irónico, leve, contenido, que brilla sobre todo en los diálogos, tan buenos que por momentos recuerda al primer Waugh, sin llegar a sus cotas de corrosión. El disfrute de esas conversaciones llenas de ingenio hace por si mismo recomendable la lectura de esta novela, un entretenimiento de calidad, que deja además buen sabor de boca por el fondo moral de los protagonistas.

Nota 8.




Los europeos. Orlando Figes

De este historiador me encantó su edición de la correspondencia desde 1946 hasta 1954 entre Lev y Sveta, dos novios moscovitas separados por la Segunda Guerra Mundial y luego por el Gulag, que venía a ser un magnífico relato, a la vez, poético y realista, de la vida cotidiana en el “paraíso” soviético.

En Los europeos vuelve a recurrir a la microhistoria para revelar las grandes tendencias de un cierto periodo. Concretamente, se centra en las vidas de Pauline Viardot, cantante de ópera, su marido Louis y el escritor Iván Turguénev, amante, más bien platónico, de la primera. Mientras se recorren las vidas de estos tres personajes (sobre todo de la cantante y del escritor) se traza la historia de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente de las relaciones entre un capitalismo en auge y la cultura europea de la época. 

Asistimos al nacimiento y desarrollo de lo que podemos llamar primera industria cultural gracias a la mejora del nivel de vida y de las comunicaciones, en particular, del ferrocarril. Música, pintura, literatura... las grandes expresiones artísticas conocen una “explosión” y una popularización que hace singular este periodo de la historia.

La obra es muy interesante como compendio de la historia de la cultura europea del XIX, mucho más conectada entre los países de lo que para un profano podría parecer a simple vista. Un éxito literario o musical en Viena, lo era pronto en San Petersburgo, Londres, París o Nápoles. Había ya entonces lo que ahora llamaríamos con cursilería una “conversación global”.

En su defecto, Los europeos tiene un nivel de detalle que aburre a veces y ofrece información más para especialistas que para un lector común. En todo caso, lectura provechosa para quien tenga interés en la cultura del XIX, tan influyente en la actual, y se anime con sus 538 páginas.

Nota 7.  


La dama de blanco. Wilkie Collins

He aquí uno de esos novelones que nos miran desde una repisa durante décadas como una continua tentación. Desanima su volumen (setecientas páginas de letra apretada) y atrae su prestigio, un tanto matizado por haberla visto más de la cuenta en esas mini librerías cutres que a veces tienen los hoteles en el hall de la televisión. Lo primero permanece estable y no tiene remedio, pero tenía la impresión de que lo segundo crece: al menos en mi radar he venido percibiendo más opiniones positivas sobre el valor de esta obra. Así que cedí.

Ha merecido la pena. Su categoría de clásico me ahorra el resumen del argumento, tan complicado en su planteamiento como previsible en su resolución. Y ahí está uno de sus méritos literarios. La narración responde a lo que cabe esperar de una novela victoriana de intriga, sin que falte el imposible-pero algo habrá que hacer amor entre miembros de clases diferentes. Aun así, logra mantener el interés por una trama larga y compleja, como corresponde a su edición por entregas.

Es también notable la construcción de los personajes, perfilados con sutileza de matices y a la vez con sencillez, para responder quizá a los arquetipos del momento, lo que no resta -a mi juicio- validez actual. El héroe, Walter Hartright, lo es con todas las letras: valiente, generoso, sacrificado, puro en sus intenciones. Y los “malos” son verdaderamente pérfidos, también reconocibles como estereotipos de la maldad humana y sus diversos motivos.

La historia se escribe en un estilo elegante, atento al detalle, sobre todo en la descripción psicológica, que se sabe adaptar a las diferentes voces narrativas, pues el libro es un conjunto de testimonios. Hay a veces un exceso de retórica propio de la época, tal vez también debido a la necesidad de extender la narración al máximo (la edición por entregas fue un éxito de ventas). Pero el tono general es asequible para el lector contemporáneo, con concesiones a la ironía como ésta: “Siempre he pretendido ser humana e indulgente con los extranjeros. Ellos no tienen nuestras virtudes y nuestras ventajas, pues casi todos se han educado en los errores ciegos del papismo”.

Nota: 9.

Álvaro d’Ors. Sinfonía de una vida. Gabriel Pérez Gómez

He disfrutado un montón y aprendido mucho con esta biografía del profesor Álvaro d’Ors escrita por el periodista Gabriel Pérez. Uso estos términos subjetivos como advertencia. Siempre debe mantenerse el temor a uno mismo, aconsejaba Santa Teresa a sus monjas, y temo que mi admiración por el personaje y el amor compartido por la universidad, la institución a la que d’Ors dedicó su vida, hagan exagerado el juicio sobre esta biografía, que me ha parecido sobresaliente. 

Álvaro d’Ors (Barcelona, 1915-Pamplona, 2004), hijo de  Eugenio d'Ors, fue uno de los mejores romanistas del siglo XX. No se tratará aquí de seguir el orden cronológico de una trayectoria vital tan larga (la entrada en la Wikipedia es muy completa), sino de destacar algunos de sus “hilos conductores”, los que me han resultado más interesantes. Primero, la fuerza de su vocación intelectual. Tuvo una educación rica y profunda -nada convencional, por otra parte-, en un hogar culto y cosmopolita, lo que unido a una excepcional inteligencia le llevó de forma natural al mundo de las ideas. Y en ese mundo destacó por la perseverancia y seriedad en el estudio, por su amplitud de miras en la investigación -qué afán por relacionarse y aprender con los mejores de su especialidad en medio de tantas dificultades materiales-, y, sobre todo, por la hondura de su magisterio, que dejaba huella intelectual y ética en sus alumnos. Don Álvaro, como le llamaban sus discípulos, fue sin duda un maestro.

Otro de esos hilos conductores: el cultivo cotidiano de las virtudes. El lector de estas páginas encontrará abundantes ejemplos de cómo vivir concretamente la amistad, el orden, la honradez, la sobriedad, la cortesía… También las virtudes teologales: de fe, esperanza y caridad hay sobradas muestras. Y sin que el relato haga de don Álvaro un personaje inalcanzable. Mérito del escritor, que se ajusta con su estilo a la sencilla personalidad del biografiado (la hagiografía nos repele no por su ausencia de crítica -apenas la hay, por cierto, en estas páginas- sino por la presentación exagerada de los méritos).  D’Ors fue un joven prodigio. Fue oficial en el bando vencedor de una guerra, triunfó profesionalmente pronto y se convirtió en una eminencia mundial. Y, sin embargo, conmueve su sencillez, fruto, según lo veo, del conocimiento de sí mismo, a su vez resultado de una permanente actitud de examen de conciencia y de una lucha constante por ganar en las virtudes. Así podría servir más y mejor. 

Por último, destacaría su faceta como pater familias. Lejos de refugiarse en su pedestal de gran sabio, aunque se reconociera torpe en algunos ámbitos de la vida práctica, don Álvaro sabía pasar con naturalidad de su estudio riguroso de arduas cuestiones a los asuntos prosaicos de un hogar de familia numerosa. Y atenderlos con sentido común y sentido sobrenatural. Era muy consciente de sus responsabilidades como esposo y como padre y las ejercía con verdadero amor, en el sentido de que el cariño auténtico sabe exigir. 

Dejo fuera de esta recensión muchos aspectos de esta biografía de Álvaro d’Ors Perez-Peix, por ejemplo, su serena y culta españolidad y de qué modo estas páginas son también un retrato de la España del siglo XX. Vayan en compensación algunas citas:

Sobre su conocimiento de sí y su sentido del humor (de una nota del propio D’Ors en 1959)

“Soy incapaz de conducir vehículos, levantar grandes pesos, hacer grandes discursos, ser propietario, aguantar el sueño, bailar, persuadir, ser diplomático, tocar un instrumento, jugar al rugby”.

Sobre el miedo (de una nota personal)

“También yo tengo experiencia personal de los efectos del miedo. Era natural que en el frente de combate, empezáramos por tener miedo. El ´valor´ debía consistir, no en no tener miedo, que era difícil, al menos al principio, sino en superarlo (…) Como me decía un requeté burgalés que luego murió en el frente (…): desengáñate, los que tenemos imaginación no podemos dejar de tener miedo”.

Sobre el juicio a los demás

“… Álvaro reparó en el cadáver de un soldado republicano, de cuyo macuto sobresalía un libro negro. (…) Se agachó para tomar aquel volumen y, al ver de qué se trataba, recibió una sacudida interior de primera magnitud: era el Novísimo ejercicio cotidiano, ¡un devocionario! (…) aquel soldado que se encontraba muerto junto a su morral, también debía rezar. (…). En la primera página del devocionario hay una anotación suya en la que se puede leer: + Encontrado en una posición cogida al enemigo en el frente del Ebro, cerca de Gandesa, el mes de agosto de 1938. Lo conservo, no como botín, sino como cuasi-reliquia. ¡Qué emoción! Aquel `rojo´ al que habíamos matado en guerra justa, quizá fuera un cristiano más piadoso que yo, pese al `detente´ que colgaba de mi camisa sudorosa de católico requeté”.

Examen de conciencia

“Cuando don Álvaro se decidía a jugar con sus hijos, rápidamente se corría la voz de hay timba; pero la sesión de juego con él duraba mucho menos tiempo del que le hubiera gustado a todos, porque se levantaba bastante antes que los demás, iba al despacho, donde se recogía unos minutos para hacer su examen de conciencia diario y se retiraba después en silencio. Así hizo un día y otro, hasta el fin de su vida”.

Auctoritas

“Otra situación comprometida ocurrió cuando otro grupo de estudiantes más numeroso, ante la imposibilidad de celebrar una asamblea a la entrada del Edificio Central, decidió trasladarse al vestíbulo del Edificio de Bibliotecas. Los que habían ideado el plan esperaban que la policía acudiera hasta allí para desalojarlos. Confiaban en que la intervención de las fuerzas del orden, con cierta mala imagen pública, creara más revuelo y así se aireara su protesta en los medios de comunicación. Allí se instalaron alrededor de 300 estudiantes. A los pocos minutos de estar con esta actitud, apareció Álvaro D’Ors: se apagaron las conversaciones y el hall fue pasando del murmullo al silencio, lo mismo que ocurre cuando va a comenzar una clase. Don Álvaro, con calma, batió un par de palmadas para reclamar una atención que ya tenía ganada y con su voz característica, se dirigió a los congregados para decirles que él, como bibliotecario general, era el encargado de velar porque ese edificio cumpliera con los fines que tenía asignados (…). Sin alterar el tono de voz terminó diciéndoles que con aquella actitud se estaba entorpeciendo el normal desarrollo de la actividad de la Biblioteca, que requería silencio, por lo que les rogaba que salieran de allí y que lo que tuvieran que hacer o decir, lo hicieran o dijeran en el lugar adecuado. Y no hizo falta nada más. Poco a poco los estudiantes congregados se fueron dispersando ante su atenta mirada y su postura firme, que mantuvo hasta que la entrada de la biblioteca quedó claramente despejada”.

Conocer el paño

Álvaro d’Ors siempre tuvo a gala no haber hecho nunca un contrato con la Universidad de Navarra. “Me fío más de vuestra palabra -les decía a las autoridades académicas- que de vuestros contratos”. 

De su última clase

“Si yo tuviese oro, yo les daría el anillo de oro, con esta inscripción grabada: Vales si amas, amas si sirves, sirves si vales (lo pintó en la pizarra)”.

Previsiones para la vejez

1. (Naturalmente) Tener una persona de referencia que me avise de que no rijo.

2. Renunciar a mediar los precios de las cosas.

3. No tener muebles a los que apegarme; ni libros.

4. Disponer de un tocadiscos automático y de muchos discos.

5. No hablar del pasado como mejor.

6. No dar cifras.

7. No preguntar, si hay riesgo de repetición.

8. No dejar de ir a Misa porque haga frío.

9. Encargar a alguien muy próximo que me avise si huelo mal.

10. Escuchar (si tengo oído) sin creerme obligado a intervenir en la conversación.

11. Encargar a alguien algo lejano que me avise de mi mal atuendo (los de cerca se van acostumbrando y no avisan). 

Nota: 9.

Entre los bosques y el agua. Patrick Leigh Fermor

Después de la magnífica Un tiempo para callar, el autor del blog se ha propuesto leer toda la obra de Leigh Fermor, no muy extensa, seguramente porque como apuntó en su obituario un buen amigo suyo, el Marques de Tamarón, su estilo, elegante en su barroquismo, donde el ritmo y la sonoridad de la prosa debían ser perfectos en cada párrafo, exigía una agotadora labor de corrección. Ese estilo brilla en Entre los bosques y el agua, relato del viaje de Leigh Fermor por diversas tierras entre Hungría y Rumanía.

Vaya por delante que el libro es inferior a Un tiempo para callar, tal vez por la actitud vital del narrador, más hedonista y menos introspectivo. Y aunque tiene frescura y perspicacia en sus descripciones, lo descrito adolece a veces de enjundia. Pesan también demasiado algunas peripecias propias más bien intrascendentes y digresiones sobre la historia local de un interés limitado (limitado para mí, claro). En todo caso, el juego entre lo vivido en el presente por el viajero y la historia de esos personajes y lugares está muy conseguido.

Un valor positivo de este libro de viajes es el descubrimiento de personajes muy interesantes. Sobre todo para quien ignore la historia de aquellos territorios, como es mi caso.  Destaca sobre todos el rey Matías Corvino (siglo XV), gran héroe nacional húngaro, descrito en estos términos: “Además de sus dotes marciales, fue un estadista, legislador, orador y erudito de una genialidad sin igual, que se pasaba la mitad de la noche enfrascado en sus libros. Sin discusión, el hombre más grande de su época –afirma un historiador inglés- y uno de los mejores monarcas de la historia. Hombre de vasta erudición, políglota, humanista apasionado, creador de la fabulosa Biblioteca Corvinus y magnífico constructor de palacios. Ciertamente un espléndido príncipe del Renacimiento. Pero, a diferencia de muchos de ellos (prosigue el historiador), a pesar de su inconmensurable experiencia con la ingratitud y la traición, jamás cometió una acción cruel o vengativa” (el subrayado es mío).

Obra en definitiva desigual, sirve al lector para familiarizarse con la cultura de aquellos reinos y pueblos, y disfrutar de un estilo elegante como pocos en la descripción de un viaje entre la historia y la realidad.

Nota: 7.

Contra el positivismo, libros para fortalecer la esperanza (II)

Confinados de nuevo en mayor o menor medida, vayan aquí más sugerencias que nos ayuden a combatir el optimismo tramposo y dulzón del todo irá bien y nos fortalezcan en la virtud de la esperanza, ahora que empieza el mes de noviembre. Porque todo irá bien, pero no como esperan los que no saben esperar.

  • Escritos esenciales, de Etty Hillesum
  • Hiroshima, de John Hersey
  • La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich
  • Diario de la felicidad, de Nicolae Steinhardt
Este último puede ser el más desconocido, por desgracia, pues es una obra maestra, uno de esos libros que le acompañan a uno para siempre porque se pueden leer y leer y extraer perlas de belleza y verdad en cada lectura. Se trata del diario de un abogado judío encarcelado por el régimen comunista rumano, que acaba convirtiéndose al cristianismo y recibiendo las órdenes como monje ortodoxo. Abarca prácticamente toda su vida adulta y es muchas cosas a la vez: compendio de la cultura europea del siglo XX, guía de espiritualidad, retrato de la vida bajo el totalitarismo, semblanza de un país como Rumanía, tan interesante y tan mal conocido... Una cita como aperitivo del festín que espera al que quiera leer estos diarios:

"No lo sabía -la respuesta de aquellos a los que se les habla de la tortura, de los campos de concentración, de la cárceles, de las confesiones forzadas de los acusados, de los internamientos de políticos en manicomios- no es una disculpa válida. Nadie está obligado a inventar la pólvora o a descubrir la teoría cuántica. Pero, por otra parte, una inteligencia elemental es un deber. Sobre todo para un cristiano, que tiene que estar siempre alerta ante las tentaciones. Y la estupidez es una tentación. Y no sólo para un cristiano. Y esto a causa de una constatación experimental objetiva: nadie sabe nada, pero todo el mundo lo sabe todo. 

La ignorancia, la estupidez, el paso a ciegas por la vida y por las cosas, o el paso indiferente son cosa del diablo. El samaritano no ha sido sólo bueno; también ha estado atento: ha sabido ver".




Hermanos de sangre. Stephen E. Ambrose

Un lector de este blog comenta que nunca se recomiendan libros de management, a pesar de la profesión de su autor. No es casualidad. Con la honrosa excepción de Peter Drucker, no soy asiduo a la literatura sobre gobierno y gestión y, desde luego, no he encontrado nada que merezca el título de clásico contemporáneo. Por el contrario, he padecido algunos bodrios cuya lectura era imprescindible si uno quería dirigir según la moda del momento.  

Por otra parte, he sacado bastantes lecciones para el oficio de dirigir de muchas obras de pensamiento y, en particular, de historia. Hermanos de sangre es un magnífico ejemplo. Este libro, en el que se basa la excelente serie de la HBO con idéntico título, narra las peripecias durante la Segunda Guerra Mundial, en el teatro de operaciones europeo, de la Compañía Easy, 506º Regimiento de Infantería de Paracaidistas, 101.ª División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos. En la inmensa movilización militar de esa guerra, Ambrose, un historiador fino y concienzudo, se fija en esta pequeña unidad porque no era una compañía cualquiera. De hecho, participó en las principales batallas de la reconquista europea sin apenas descansar entre una y otra, tal fue su eficacia.

La técnica narrativa se basa en entrevistas a los protagonistas. Y más allá de otros valores de la narración (es estupenda para entender la psicología del combatiente), la obra puede verse como un manual de liderazgo. Buenos y malos jefes se suceden y se evidencia el efecto que tienen en “los mandados”, sobre su moral y sobre su rendimiento. Narrada con agilidad y precisión, la historia muestra el poder transformador del líder cuando ejerce el mando como servicio.

Nota: 9.  


Un puente sobre el Drina. Ivo Andrić

Este clásico contemporáneo, publicado en 1945, es una novela de novelas, un conjunto de narraciones que abarca cuatro siglos en torno a la ciudad de Visegrad, Bosnia, y su puente sobre el río Drina, construido en el siglo XVI, cruce de caminos y, por tanto, de culturas e imperios. En cada época, el narrador se fija en la vida de algunos personajes para ilustrar las circunstancias del momento (políticas, sociales y económicas) y el modo en que responden a ellas. 

El conjunto de estas narraciones es un magnífico compendio de las lecciones que la historia nos aporta. Esa recreación, admirablemente bien hecha teniendo en cuenta que el viaje dura cuatrocientos años, resalta los particularismos de cada época, las decadencias y caídas de imperios como el turco o el austro-húngaro, con sus grandezas y miserias; y, a la vez, las virtudes y vicios constantes de la naturaleza humana, aquello que hace hombres a los hombres sea cual sea el viento de la historia. Esa es una de las características de los clásicos que puede apreciarse en Un puente sobre el Drina: su agudeza para retratar lo permanente bajo la superficie del espíritu de los tiempos. 

El estilo tiene ese punto de morosidad y cierta tendencia a lo sentencioso que los profanos adjudicamos con mayor o menor justicia a la escritura eslava. Puede hacer la lectura difícil en algunos pasajes, pero en conjunto creo que es una obra accesible, en la que uno puede encontrarse perlas de este calibre y que, por cierto, de alguna manera muestra la moraleja de este libro: “Sin embargo (…) no es posible que desaparezcan para siempre y por completo los grandes hombres, los hombres de buen corazón que por amor de Dios levantan construcciones duraderas, para que la tierra sea más bella y la vida de los hombres más cómoda y mejor. Si ellos desaparecieran, significaría que también el amor de Dios se apagará y se desvanecerá del mundo. Y eso no es posible”.

Nota: 9.

Adenda: Ivo Andrić escribió esta obra maestra en 1945, en Belgrado, ciudad “mártir”, bombardeada primero por el Eje y luego por los Aliados. Waugh publicó su Retorno a Brideshead también en 1945 y la escribió durante un permiso de sus obligaciones militares (era oficial de inteligencia y su misión posterior fue precisamente en los Balcanes). Son dos ejemplos entre muchos de la lucidez que parece dar la vivencia de las guerras.


La encrucijada del roble. Elisabeth Crook


Se comenta con frecuencia el "revival" del género western. Lo hay desde hace décadas en el cine (hace poco tuve ocasión de ver la espléndida Los hermanos Sisters) y en España se están reeditando libros clásicos, como los de Elmore Leonard y Allan Le May -el autor del Centauros del desierto- gracias a la Editorial Valdemar.

La encrucijada del roble responde a casi todas las leyes del western (por cierto, se podría hacer con ella una maravillosa película), pero es sobre todo una excelente novela, más allá del género. Conviene advertirlo para aquellos que no gusten de cabalgadas, grandes horizontes y tipos rápidos desenfundando revólveres. El protagonista es Benjamin Shreeve, un pobre chico que pronto queda huérfano y tiene que sacar adelante una modesta granja y a su extraña hermanastra Samantha, obsesionada con la pantera que mató a su madre. Benjamin se ve envuelto en un asesinato ocurrido en un remoto lugar de Texas tras el fin de la Guerra Civil. La narración consiste en los testimonios escritos que a raíz de ese hecho va remitiendo Benjamin a un juez.

La historia fluye con verosimilitud gracias a la autenticidad de la voz del narrador, Benjamin, que en su sencillez capta lo que pasa a su alrededor (y pasan muchas cosas) con una hondura peculiar. Aparecen personajes diferentes, buenos y malos, todos con un pasado oscuro que determina de algún modo el presente y del que quieren huir, como es propio del género. Y el relato avanza cada vez con más interés y tensión, por la fuerza de unos hechos sorprendentes, contenidos en esos testimonios, largas cartas que resaltan también el valor de la escritura como modo de contar la vida. Como escribe Benjamin al juez, “no deja de ser curioso que un suceso como tuvo lugar en el Julian, en el que no hubo ni bondad ni justicia y que le costó la vida a ocho hombres honrados, me haya brindado a mí, por cómo han dado la vuelta las cosas, libros, y anteojos, y una pluma de acero. Prometo hacer buen uso de todo ello”.

Desde luego, quien hace buen uso de sus dones como narradora es Elisabeth Crook (https://en.wikipedia.org/wiki/Elizabeth_Crook) en esta su primera novela traducida al castellano  y que merece mucho la pena.

Nota: 9.



El señor de las moscas. William Golding


Había intentado leer esta novela en un par de ocasiones y no pude pasar de las primeras páginas. Su prestigio de clásico contemporáneo me ha forzado esta vez a terminarla. Con no poco esfuerzo y sensación de que no me estaba mereciendo la pena.

La trama es bien conocida: unos niños perdidos en una isla tienen que organizarse para sobrevivir. El paraíso inicial de una isla deshabitada sin adultos ni obligaciones se acaba convirtiendo en un infierno donde predomina el egoísmo y el afán de poder hasta ejercer incluso la violencia contra sus semejantes. El mensaje de la novela es evidente: el cimiento de la sociedad, de cualquier sociedad, es la ley del más fuerte porque el hombre es un lobo para el hombre ya desde la infancia.

Mi decepción con la novela no tiene que ver solo con su antropología subyacente -una visión tan pesimista de la naturaleza humana-, sino también con los defectos narrativos. El estilo resulta bastante artificial, pretencioso, sobre todo en las descripciones de la naturaleza, a menudo ampulosas, y en los pensamientos de los protagonistas, en unos términos oscuros y supuestamente profundos, inverosímiles para sus edades. La historia en sí transcurre además con lentitud, de forma un tanto plana.

Al mismo tiempo, hay episodios de la peripecia que mantienen la tensión del lector; y es interesante cómo se construye la relación entre los niños, réplica metafórica de los juegos de poder y las tendencias más bajas de las sociedades adultas: la necesidad de un liderazgo indiscutido, el afán de diversión, la explicación esotérica de lo desconocido... Estos elementos tal vez expliquen el éxito de esta novela, que en conjunto me ha resultado decepcionante.

Nota: 6

El paso siguiente en el baile. Tim Gautreaux

He aquí una muy buena novela, a la que tal vez una más rigurosa tarea de edición podría haberla convertido en obra maestra. ¿Por qué ocurre tantas veces en la literatura contemporánea? Bueno, a mí me lo parece. Tal vez no ocurra o tal vez ha ocurrido siempre. No sé si será el narcisismo de los tiempos o las imposiciones editoriales, pero por mi parte agradecería más valentía para suprimir lo que no es esencial.

Los protagonistas de la historia son un joven matrimonio cajún de un villorrio de Luisiana. O sea, “Deep South” (pero very, very, deep: quien no tenga un mínimo interés por esa cultura, abténgase de esta lectura). Eso sí, con un ingrediente esencial diferente de otros territorios sureños: la influencia de las raíces francesas y, particularmente, del catolicismo. 

Paul y Colette tienen caracteres muy distintos y acaban por separarse. Colette, tozuda y un tanto veleta, se va a California, para huir de lo que considera un ambiente miserablemente pueblerino. Consigue el éxito profesional, pero no la felicidad. Es un tanto tópico el contraste entre la despiadada ciudad y la bonhomía de las gentes de pueblo (falta sutileza en estas páginas). 

Paul, impulsivo y simplón, pero bueno, experimenta un cierto proceso de maduración guiado por su afán de recuperar a Colette, lo que le lleva incluso a asentarse en California.

Para no desvelar más, digamos que ambos vuelven al terruño y que la historia se centra en el modo en que van recuperando su relación, avivando un vínculo que por lo demás ambos consideraban permanente. Su catolicismo les hace ver con naturalidad, como se acepta la propia estatura o el color de ojos, que ellos no podían separar lo que Dios había unido. En ese camino, cobra gran importancia el medio, la cultura cajún de su pueblo, marcada por una fe que podríamos llamar preconciliar. No en el sentido de ser tradicionalista o reaccionaria, sino pura y sencilla, previa a tantas dudas y temores propios del cristianismo occidental de los últimos tiempos. Una fe hecha cultura, que se funde con la vida cotidiana -nada fácil, por cierto, en aquellos páramos-, y proporciona unos lazos que construyen un sentido de comunidad tan fuerte como la religión que la sustenta.

La gran riqueza de esta novela son sus personajes, atractivos en su contraste entre una aparente simpleza y su magnanimidad de fondo: sanchos panzas con alma de quijotes. El egoísmo es el imperdonable pecado contra el Espíritu Santo en ese pueblo. Y así se teje una historia de lealtades y búsqueda de la felicidad. Una hermosa historia sobre la importancia de las raíces familiares y culturales, por donde fluye la savia que nutre el amor. 

Nota: 8.

Contra el positivismo, libros para fortalecer la esperanza


Me suena frívola la insistencia en que ahora tenemos todos más tiempo libre. El trabajo profesional se ha incrementado para muchos. Y las tareas domésticas. Y la atención a los hijos o a los padres. Por no hablar de quienes tienen familiares en aislamiento en sus casas, a los que hay que preparar comidas y atenderles lo mejor posible.

También cansa eso que se llama “positivismo”, placebo contra el miedo al sufrimiento. La propaganda nos quiere hacer creer que todo saldrá bien. La realidad es que no lo sabemos. Es la incertidumbre de nuestra condición de criaturas, que se convierte en insoportable cuando no se reconoce que la historia tiene un Señor.

Sea como fuere y con perdón por el simplismo de la reflexión anterior, parecen buenos tiempos para lecturas provechosas. Hay quien elegirá el libro como un sedante y optará por literatura evasiva. Por mi parte, prefiero que la lectura sea una ayuda para fortalecer el espíritu. En esa línea, aquí van unas recomendaciones de obras de no ficción, dentro del periodo que cubre este blog (yendo más atrás uno puede recurrir a joyas tan ad hoc como El diálogo de la fortaleza contra la tribulación, de Santo Tomás Moro o sus mismas cartas desde la Torre). Cuatro son bastante conocidas y una muy poco -por eso hago un pequeño comentario-, con un denominador común: son historias de personas que afrontan con esperanza enormes adversidades.

Cisnes salvajes, Jung Chang

Tempestades de acero, Ernst Jünger

El infierno de los jemeres rojos, Denise Affonço

Sur, Sir Ernest Henry Shackleton

To raise the fallen, Fr Willlie Doyle, S.J. 
Doyle (https://fatherdoyle.com/) fue un sacerdote irlandés, capellán militar durante del Primera Guerra Mundial, que murió en acto de servicio en Passchendaele el 16 de agosto de 1917 (pongo su dies natalis con la esperanza de que su causa de beatificación avance). La obra es una recopilación de sus cartas desde el frente y de diversos escritos espirituales. Deja huella.

Agustín de Hipona. Peter Brown


Tras diversas recomendaciones, me atreví con esta biografía de San Agustín, considerada como “de referencia”, cuya primera edición es de 1967 y la última, ampliada, de 2000. Peter Brown es un historiador prestigioso, profesor entre otras universidades de Oxford, ya emérito.

Lectura un tanto ardua porque es una biografía intelectual. Los acontecimientos vitales no son del todo los protagonistas de la obra, sino más bien el marco de esta historia de las ideas de San Agustín, de sus orígenes, influencias y desarrollo. En un periodo histórico, finales del siglo IV y principios del V, mucho más complejo de lo que a este profano le parecía: decadencia del Imperio, herejías, una Iglesia que no termina de asentarse… un cambio de época.

Se entiende el éxito de la obra por este enfoque digamos filosófico, pues Agustín de Hipona es, claro, un gran pensador. Pero a mí me interesa más el santo, de ahí que hubiera preferido más atención a lo puramente factual. También hay en la aproximación de Brown a una personalidad extraordinaria más interpretación psicológica de los hechos de lo que tal vez sería razonable. En ese sentido, es una semblanza perspicaz, pero, en ocasiones, falta de fundamento: algunas deducciones no parecen sostenerse en fuente alguna.

Una obra más para interesados en la filosofía agustiniana que en la biografía de un padre de la Iglesia. Cuestión de expectativas personales -el libro es, sin duda, el trabajo de un gran investigador-, en mi caso, defraudadas.

Nota: 6.

Relámpagos. Jean Echenoz


Echenoz es uno de mis escritores franceses favoritos. Bueno, solo tengo dos. El otro es Carriere, autor de unas de las mejores novelas que he leído: El adversario, una especie de A sangre fría a la francesa (un clásico contemporáneo que no reseño aquí por haberlo leído hace mucho, pero que recomiendo vivamente).

Echenoz me gusta por su estilo sencillo, directo e inteligente: va al grano en todas sus historias con gran perspicacia. Particularmente redonda me pareció Correr, su notable biografía novelada de Emile Zatopek.

Relámpagos es también una biografía novelada, aunque de inferior calidad a Correr. El material en este caso es la vida de Nicola Tesla, inventor de casi todo lo uno puedo pensar en el ámbito de la electro magnética (https://es.wikipedia.org/wiki/Nikola_Tesla). Un visionario quasi autodidacta -no terminó los estudios en la Universidad de Graz-, obsesivo con su trabajo, misántropo, vanidoso y egocéntrico, que responde al arquetipo del genio tan brillante como incomprendido, con un punto de ingenuidad que le hará presa fácil de distintos aprovechados, no pocos en los Estados Unidos de finales del XIX, cuando se desarrolla el capitalismo de las grandes fortunas. De hecho, murió arruinado, también por su propia torpeza financiera. 

Como suele pasar con Echenoz, el libro se lee muy bien por su estilo ágil y claro. Y la vida del personaje da mucho juego: de la gloria al fracaso y al revés a lo largo de varias décadas, aunque resulta un tanto negativa y oscura su aproximación al personaje. Tesla era muy rarito, desde luego, pero al abundar en su excentricidad se queda uno con la impresión de que el retrato resulta tal vez un tanto morboso. Algo más que extravagancia habría en una mente tan fértil.

Nota: 7.

Iluminada. Mary Karr


No terminé de enganchar con el Club de los Mentirosos, aclamadas memorias de las muy turbulentas infancia y adolescencia de Mary Karr (entre otras bendiciones del establishment, fue libro del año para la New York Review of Books), tal vez por su desmadrada exageración. Una vida real no se convierte en literariamente verosímil si no hay un gran estilo de por medio.

 Esta segunda parte de su vida me ha parecido muy superior. Con el mismo criterio fundamental de verismo (“todo lo que se cuenta me pasó”), Karr se centra en su matrimonio -fallido-, y su caída y recuperación del alcoholismo, vinculada a una bastante peculiar conversión al catolicismo, siempre con el contexto de su vida familiar, tan compleja y difícil, con dos padres amigos de la botella, entre otros vicios. Ese duro pasado es, en realidad, un continuo presente, del que la protagonista primero trata de escapar y que después poco a poco va aceptando.

El estilo es directo, fresco, liviano. Karr describe sus abismos de dolor con realismo inteligente, ligereza y un sentido del humor que cura al relato de la tentación del “ombliguismo” más o menos trascendente que pesa sobre cualquier autobiografía, y lo hace divertido, además de sabio. Se lee con gusto e interés esta novela, si cabe llamarla así, en la que con agudeza y sensibilidad se retrata una vida doliente, pero esperanzada.

Nota 8.

El cinéfilo. Walker Percy


Una introducción previa (sintagma escuchado en una ocasión, de labios académicos). Sospecho que las condiciones de lectura de un libro a veces me condicionan más de lo razonable. Este libro me ha gustado, pero debo advertir que lo leí en unos felices días de verano, en el silencioso jardín -antiguo huerto-  de una vieja casona castellana, con la Sierra de Gredos como horizonte. En esas condiciones, hubiera podido gustarme la prosa del programa político de Podemos.

La novela tiene un tono original, simpático, “sureño” (transcurre en Nueva Orleans), con una estructura un tanto inconsistente (primera obra de su autor), y personajes que se hacen querer por sus debilidades y también por sus personalidades fuertes, nada acomodaticias. Digo que me parece “sureño” por cuanto pesa la cultura del Sur -ese modo de afrontar con dignidad la derrota- en todo lo que ocurre.
  
El personal principal, Jack, es un nihilista burgués, hombre de negocios y ex combatiente de la Guerra de Corea, interesado solo en practicar la mayoría de los pecados capitales, con preferencia por la avaricia y la lujuria, e ir al cine, de ahí el título de la novela. Pero hay dos personas que “interfieren” en el cómodo devenir de su hedonismo vital. Tía Emily, vieja dama confederada, que trata continuamente de ponerle ante sus responsabilidades como caballero de la buena sociedad de Nueva Orleans. Y Kate, sobrina de Tía Emily, mujer tan atractiva como desorientada, con problemas de drogas, y necesitada de un verdadero amor. En la relación con ellas (y también con un hermanito con discapacidad intelectual: memorables los diálogos con él) Jack va de alguna manera comprendiendo que, como dice la frase de Kierkegaard que abre el libro, “la cualidad específica de la desesperación es exactamente ésta: no tiene conciencia de ser desesperación”.

Novela interesante, pero no redonda.

Nota: 7,5.

14 de julio. Eric Vuillard


Relato que llega a mis manos con una avalancha de muy buenas reseñas. Esta unanimidades a veces son sospechosas, con fundamento en este caso: no es para tanto el librito.

La narración se ajusta a las veinticuatro horas en las que se tomó la Bastilla. Se narra desde el punto de vista de los protagonistas “de a pie”, las personas concretas, el populacho. Sus descripciones conforman lo que pretende ser un fresco de la sociedad de la época. Sobre todo, de sus aspectos negativos, que son todos en la narración (nada, por lo visto, era salvable de aquel mundo). Miseria y negrura son los elementos de aquella sociedad, cuya radical falta de horizontes convertía la muerte en una alternativa plausible frente a una vida bestial.

No se trata de negar ni minimizar las profundas injusticias que sostenían el Ancien Regime. Pero resulta cargante el maniqueísmo “politically correct” (y, por tanto, anacrónico) con el que es descrita una situación social que me parece debía ser más compleja. Basta constatar en qué acabo la propia Revolución. El estilo es vivo, un tanto barroco, casi periodístico en su ritmo, y, en general, bastante eficaz en su propósito de hacernos respirar el ambiente de aquel decisivo día de la historia contemporánea. Y ese es quizá el mayor logro de este escrito más bien propagandístico.

Nota: 6